Hace ya más de 30 años, a finales de los ochenta, un alto cargo del turismo valenciano me preguntó, entre bromas y veras, cuál sería mi precio para dejarme sobornar. «Casi todo el mundo tiene un precio para venderse», añadió con ironía. Aquel político, que demostró honestidad a lo largo de su carrera, trataba de explicarme que los intereses en torno al ladrillo y al turismo acababan por corromper a una mayoría de ciudadanos. De hecho, la costa valenciana, destrozada en las últimas décadas sin piedad, sería una buena muestra de que el dios turismo representa el becerro de oro de los tiempos modernos.

Así pues, cuando desplazar apenas unos centímetros en un mapa las líneas de un plan urbanístico representa una fortuna para los constructores y, de rebote, para muchos vecinos, mantener la integridad ética puede resultar una proeza. O un suicidio social. Películas como Los jueves milagro, de nuestro paisano Luis García Berlanga, u obras teatrales clásicas como El enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen, muestran cómo son condenados al ostracismo aquellos espíritus puros y dignos que se atreven a poner en cuestión el desarrollo turístico. Incluso si esa riqueza pone en peligro vidas humanas, la salud pública. El médico de la pieza de Ibsen pierde hasta el apoyo de su familia por denunciar que las aguas del balneario están contaminadas y por pedir que se cierre el establecimiento. Ha pasado casi siglo y medio desde que el famoso dramaturgo noruego escribiera aquella obra, pero el maldito coronavirus ha vuelto a colocar ese debate en el mismísimo centro de la actualidad.

Llegados a este punto y ahora que parece que la siniestra epidemia remite, la encrucijada entre la recuperación económica y la salud de la gente parece inclinarse a favor de la primera.

Contra las advertencias de cautela de los expertos y contra lo que indica el más mínimo sentido común, los hoteleros y comerciantes se han lanzado a una desenfrenada carrera para ver quién atrae antes a esos millones de turistas que alimentan el bienestar de la gente, en especial en las zonas costeras. Por supuesto que nadie niega la urgencia de amortiguar, cuanto antes, una crisis que amenaza con arruinar a muchas empresas y con desterrar al paro a cientos de miles de trabajadores. Ahora bien, ¿no valdría la pena buscar otros modelos económicos alternativos que no sean tan dependientes del turismo? ¿Estamos condenados a este monocultivo de sol y playa en perjuicio de la industria y la agricultura? ¿Vamos a destrozar todavía más el litoral?

Cuando nos arrasan debacles como la crisis financiera de 2008 o la actual pandemia, los economistas más lúcidos advierten de la necesidad de no depender tanto de un sector como el turismo que en la Comunidad Valenciana roza el 15% y en regiones como Baleares alcanza el 35%. Pero a la mayoría de responsables políticos y empresariales solamente se les ocurre favorecer todavía más el boom inmobiliario y los incentivos para los turistas. Quizá aspiran a ser los más ricos del cementerio. Esperemos, por el bien de todos, que la avaricia no rompa el saco.