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¿Cómo puede ser que un juez aplaudido por todos los que nos consideramos progresistas „pese a lo difícil que es hoy en día saber en qué consiste eso„ pase a ser tras su paso a la política y en cuestión de pocos meses un apestado? Me refiero, por supuesto, al caso de Fernando Grande-Marlaska, héroe antes cuando su la lucha por las libertades desde el juzgado y autor „presunto„ ahora, como ministro, de persecuciones infames que ni las plumas más afines al régimen logran defender. La defenestración del coronel Diego Pérez de los Cobos no sería, de acuerdo con una columnista de las que mejor saben mamar de la teta pública, sino el ejercicio del derecho de cualquier ministro a nombrar y cesar a los altos cargos. ¿A santo de qué acusarle de nada? Pero, como sabe de sobras la columnista del régimen, al hacerse pública la nota reservada de la directora general de la Guardia Civil que manifiesta por qué razón se cesó a Pérez de los Cobos el ministro Grande Marlaska ha quedado retratado como un mentiroso. Sostuvo una versión muy distinta ante el Congreso de los Diputados.

¿Qué puede llevar a que un juez que es paladín de la defensa de los derechos de la ciudadanía se convierta en un ministro ramplón y dispuesto a colarnos cualquier mentira? ¿Será cosa del poder? No parece porque, de momento, los jueces gozan de un poder y de una inmunidad casi absolutos. La caída al vacío se produce cuando cruzan la puerta de la política. Lo vimos con Garzón, lo volvimos a ver con la alcaldesa Carmena y lo confirma ahora el ministro Grande-Marlaska, entregado a la causa de negar de forma numantina el error que supuso el permitir y alentar la manifestación del 8 de marzo. Se cesa al coronel Pérez de los Cobos porque se negó a delinquir trasladando a sus superiores del ministerio lo que, como máximo responsable de la policía judicial de Madrid, había hecho llegar a la jueza Carmen Rodríguez-Medel, que es la que lleva la causa sobre los posibles delitos cometidos al permitir aquella manifestación.

Menos mal que los ministerios de opereta que tanto abundan en estos tiempos ejercen como tales no sólo en el terreno de las persecuciones políticas sino en el del disparate también. El mismo día en que se hacía publico el informe de la directora general de la guardia civil que deja al ministro Marlaska en paños menores, una orden de otro de los departamentos de Interior, el de la policía, obliga a los agentes del orden público a desinfectar con toallitas o papeles impregnados en solución desinfectante las porras que hayan sido utilizadas para lo que sirven „para dar golpes„ dejándolas secar luego al aire.

Eso sí que es una muestra de los nuevos tiempos. Cuando yo corría delante de los guardias de Franco, te abrían la cabeza con la cachiporra y nadie la desinfectaba después.

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