09 de junio de 2020
09.06.2020
Levante-emv

Ríndanse los profetas

09.06.2020 | 18:53
Ríndanse los profetas

Cuando Isaiah Berlin hubo de explicar la visión de Tolstoi de la historia recurrió al verso ya célebre del poeta griego Arquíloco: «El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una gran cosa». Esta crisis del coronavirus nos ha legado una especie de animal cruzado entre el zorro y el erizo, una mutación extraña. Tras el cataclismo sabemos una gran cosa. La conocíamos ya, pero nos la han restregado a diario por la cara. Al mismo tiempo, la crisis nos ha espolvoreado una explosión de certezas. O de supuestas certezas. En todo caso, la sustancial -«la gran cosa»- ha sido la constatación de que la muerte carece de importancia. Ya podemos morir como mueren los peces. O desaparecer como lo hacen las hormigas. Nadie nos hará caso. La muerte es intrascendente, ha perdido todo su valor. Aunque éramos conscientes, porque las religiones en Occidente son crepusculares desde hace mucho tiempo (excepto los derivados del Islam), lo ha venido a subrayar con ferocidad el abismo sanitario. Decenas, centenares de miles de muertes, ¿y qué? Los telediarios narraban en paralelo que Trump hacía chistes y tomaba los fármacos que le venían en gana, que Iglesias y Cayetana discutían sobre el Frap o sobre la retirada de un Guardia Civil, que había mucho dolor por suspender la Feria de Sevilla o alguna juerga similar, que había no dolor sino desgarro por la prohibición de andar de bares y barras. Si la muerte carece de importancia, si es accesoria o invisible, ¿por qué extrañarse de que la clase política continúe muy a menudo con sus dialécticas endogámicas? Las muertes son un número. Este episodio nos ha brindado la «satisfacción» de descubrirlo de nuevo. Al fin y al cabo, hace poco más de setenta años, el otro día, como quién dice, la guerra europea dejó sesenta millones de muertos. ¿Quién se acuerda?
Segunda cosa. Sabido es que Aristóteles creía que las mujeres tenían menos dientes que los hombres. Le hubiera bastado con abrir la boca de su esposa para comprobar su error. No lo hizo. Tenía, probablemente, tareas más elevadas en qué ocupar el tiempo. Estas últimas semanas toda España ha observado el inmenso número de científicos españoles que investiga en el extranjero. Un catálogo fértil y prestigioso, de Oxford a Monte Sinaí, de Yale a Cambridge, que abastece al campo de la microbiología, epidemiología o salud pública. Cada día, encerrados en casa, hemos visto discurrir a los sabios españoles «exiliados» en hospitales, universidades o centros de investigación del planeta. Ni una sola eminencia extranjera ha aparecido en la pantalla trabajando en España. ¿Qué ha sucedido? Lo que todo el mundo sabía y parecía ignorar. La pandemia ha «exhibido» la gigantesca «fuga de cerebros» española y, en contraste, las miserias de la investigación patria. Lo teníamos al lado, como los dientes de Aristóteles, y lo no veíamos. Una investigadora catalana del Monte Sinaí de Nueva York se dirigió a los políticos con lágrimas en los ojos: «Invertir en ciencia sale rentable, de verdad».

Tercera cosa. En Marina d'Or, donde moles muy panzudas de edificios se extienden entre el mar y la vía férrea, un gigantesco pavo real rebasa la verja del parque donde habita y se pasea por la calle, al alba, como si fuera el vecino del cuarto. Le siguen algunos patos, que también desean recuperar su honor. Dos cormoranes vuelan entre los apartamentos de muchas alturas. No hay ningún homo sapiens a la vista. Todo es silencio. De uno a otro confín de la Tierra ha sucedido lo mismo. La fauna ha recuperado su territorio, y le han bastado unos pocos días para demostrar su plenitud. Ha de haber un lugar de encuentro entre ese estado –la naturaleza en su esplendor, la ausencia perturbadora del sapiens, el silencio, esa punta de soledad-, que es el de Carles Arnal y de Carles Mulet, pongo por caso, y el de la civilización más salvaje y depredadora. ¿O no? Digámoslo de otra manera: uno situaría a Arnal y a Mulet en una pieza de Fra Angélico. Al resto, a las puertas del infierno de Dante. ¿No hay un término medio?

Cuarta cosa. La Covid y postCovid ha regado el planeta de profetas. ¿Hacia dónde camina el mundo? Minucias. La gran revolución pendiente había nacido mucho antes de este seísmo, siglos antes, y nadie la ha encarado, ni probablemente la enfrentará. Es la maquinaria administrativa. ¿Recuerdan a Hal, el ordenador de «2001, Una odisea en el espacio», que acabó rebelándose contra sus propios creadores? La maquinaria administrativa posee vida propia, se reproduce y alimenta por sí misma, desafía la voluntad de los funcionarios y de los políticos, no se deja doblegar por nadie. Mantiene una independencia provocadora e irónica, como el ordenador de Kubrick. Antes de que Mireia Mollá inyectara oxígeno en el área de Medio Ambiente, entre esas mesas, archivos y despachos había cerca de mil expedientes «congelados»: ya podían echarle horas y esfuerzos los funcionarios del ramo que la fuerza diabólica de la maquinaria administrativa se hinchaba y alargaba como un chicle para desbaratar su labor. Ése es el futuro que nos aguarda, y también su desafío más enorme. Vencer su fuerza inexpugnable. ¿Cuántos parados causa un expediente por resolver en cualquier despacho de cualquier administración de todas las administraciones existentes o por existir? Ríndanse los profetas y los ideólogos. Ya tienen una causa por la que luchar y morir.

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