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(A) normalidad

En la puerta de acceso al cementerio de mi pueblo cuelga un cartel donde reza que por imperativo de la pandemia y el consiguiente estado de alarma solo se puede visitar tres días a la semana (martes, jueves y sábados) durante dos horas (de 11 a 13) y siempre que el aforo no supere las quince personas. Quince personas en una extensión de terreno que casi podría albergar un campo de fútbol y donde, salvo el día de los difuntos y cuando los funerales estaban permitidos, raro es que se alcance el límite impuesto por las autoridades ante el temor, se supone, a contagiarse del virus mientras recalas un momento ante la sepultura de un ser querido.

No muy lejos de este camposanto hay tres negocios de hostelería que abrieron sus terrazas en cuanto el calendario de las fases lo permitió. Tres establecimientos en los que si bien se cumplen las medidas de higiene en cuanto a la desinfección del mobiliario, el uso de geles hidroalcohólicos y el número y separación de las mesas, ha habido momentos en los que en torno a algunas de ellas se han contabilizado más personas que dos aforos del cementerio juntos. En este caso, eso sí, delante de una cerveza.

Sinsentidos de unas normas que permitían sancionar los paseos fuera de las franjas horarias establecidas para ello pero que no veían infracción alguna cuando el motivo de la permanencia en la vía pública a deshoras obedecía a que se regresaba a casa del bar, donde el horario de bajar persiana lo marcaba la presencia de clientes. Eso sin contar con la exigencia de que parejas con dos criaturas no pudieran salir juntos sino de dos en dos, como las patrullas de la Guardia Civil. O que se haya acelerado la vuelta del deporte patrio, como si nos fuera la vida en ello, mientras se mantienen cerrados centros escolares y sin despejar la incógnita de cómo se afrontará de verdad el próximo curso. Muy normal no suena.

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