02 de julio de 2020
02.07.2020
Levante-emv
tribuna

La escuela sí que importa

02.07.2020 | 23:14
La escuela sí que importa

Hasta el 13 de marzo de 2020 el «estado natural» que he conocido desde que nací en 1981 es el de la existencia y funcionamiento de una red de escolaridad estatal. Los niños de 6 a 16 años (hasta la LOGSE eran solo los menores de 14) acudían de septiembre a junio a un espacio en el que junto a otros niños de su edad pasaban de 5 a 8 horas diarias. Un espacio que tras pasar ese tiempo denominaban todos ellos como «suyo»: ellos y ellas decían «nuestro colegio», igual que pudieran decir «nuestra casa» o «nuestra calle». Pero ese decir «nuestro», en el caso del colegio, era casi el primer «nuestro» que pronunciaban en el que ya no estaban incluidos los padres, en el que eran libres de su ascendencia.

La escuela, así pues, como el espacio de libertad, unión y gestación de la próxima generación, grupo de edad similar con el futuro por escribir y en cuyos hombros está también la escritura del futuro social.

Ahora, sin embargo, llevamos horas y horas (podemos sumarlas hasta los 90 días y más) con una infancia recluida en el espacio donde nació, más grande o más pequeño, más pacífico o más ensordecedor, pero todos compartiendo una situación: los niños y niñas ven todos los días lo que sus respectivos padres, madres, tutores o tutoras hayan decidido que vean, juegan con quienes sus progenitores hayan decidido que jueguen, y se mueven y tocan superficies únicamente en un espacio marcado absolutamente por sus mayores sanguíneos o legales. El mundo de los niños desde hace 90 días es más decidido por sus madres y padres (y en esa medida reproductivo, imitador de quien te ha creado) que nunca.

La falta de una red de escolaridad presencial en los primeros meses de la pandemia hasta la fase 0 conllevó que todos los impactos sensoriales que recibieron nuestros jóvenes y pequeños fueran exactamente los mismos que los que recibían el resto de integrantes de la unidad familiar (las mismas habitaciones, los mismos olores, las mismas paredes). E incluso que la única voz que escucharan y manos que sintieran fueran las de sus padres y hermanos. Sin escuela presencial no hay mundo nuevo y propio de las nuevas generaciones, no hay libertad.

Además, sin escuela presencial no hay tampoco un «su» (de ellos y solo de ellos) que compartido por una generación se convierta en comunitario, que ellos sí puedan entre ellos llamar «nuestro» pero no nosotros los adultos. Un lugar que una entre sí a los que comparten un futuro y que genere puentes entre los que no proceden de un mismo pasado —en el «nuestro» que los pequeños y pequeñas pronuncian junto a la palabra colegio conviven siempre, tanto en público como en privado, paisajes y pasados humanos muy diversos que gracias a esas 5 y 8 horas presenciales se hacen más cercanos unos a otros. Se teje futuro y se teje sociedad con la convivencia presencial, acercándose al futuro que ellos solos eligen y comparten, ese que es solamente suyo y no de los progenitores.

Platón, hace siglos y siglos en el libro La República que a muchos les tocó estudiar para la selectividad, decía algo que si se lee se graba a fuego: «quitarán» a los niños de los guardianes, todo ello para construir el Estado, para garantizar la igualdad y la construcción de la organización social con la aportación de las mejores naturalezas. Es decir, si no hay un espacio de desarrollo personal y crecimiento fuera de las familias, las naturalezas que pueden aportar muchísimo a la comunidad se quedarán mermadas, ancladas en lo doméstico y a merced del destino familiar de cada uno. Ahora bien, Platón habla de «quitar» los niños a las familias y Simone de Beauvoir en 1949 cambia la fórmula: «el Estado no abandonará a los niños a sus familias». Las nuevas generaciones para aportar lo máximo a la sociedad necesitan libertad, un espacio propio donde estirarse hacia arriba dando lo máximo de sí y encontrando su mundo y su camino, fuera del ámbito doméstico. La escuela sí que importa y mucho para el desarrollo de la libertad.

En el colegio los niños y niñas encuentran sus amigos, construyen su mundo humano (el primero elegido verdaderamente por ellos) y comienzan a chocar con cuestiones que les motivan e interesan sin que éstas les hayan sido acercadas o mediadas por sus padres y madres.
Libertad es decidirse y para ello uno tiene que tener un espacio propio. El espacio que habita la generación futura es la escuela, su escuela (física, material, que respira y no huele a cuna, sino a terreno salvaje que explorar).

Ahora bien, lo «natural» que sería ese desarrollo personal fuera del ámbito endogámico de las respectivas familias (muchas geniales y que en este tiempo se han conocido mejor, han disfrutado de sus pequeños o adolescentes y en general han celebrado la vida) con el confinamiento hemos descubierto de un plumazo cómo no era tan natural y a la vez sí importante. Por eso creemos que es imprescindible luchar por ello, abogar por hacerlo posible como algo imprescindible: red escolar presencial para la igualdad, para la libertad de los niños y para el futuro social. Sí que importa.

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