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Levante-EMV

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El ministro Castells ha presentado en el Congreso un borrador de lo que será (si prospera) una nueva ley referida al personal docente e investigador de las universidades, es decir, a los profesores. En líneas generales, lo que se propone el ministro es cambiar la universidad española acercándola al modelo de los Estados Unidos. Como Castells conoce de primera mano la manera de contratar, controlar y evaluar a los profesores en las universidades norteamericanas, ya sean públicas o privadas, que lo que cuenta allí no es quién sostiene la institución sino cuál es el nivel de eficacia de ésta, a primera vista no cabe sino aplaudir su iniciativa. Basta con examinar la lista de las universidades de mayor prestigio y mejores resultados en todo el mundo para darse cuenta de que el modelo estadounidense gana al español por goleada. Pero, ¡ay!, me da el pálpito de que lo que Castells conoce peor es la universidad española.

Con poner el peso de la contratación de investigadores y docentes en la manera de elegirlos, haciendo que las oposiciones pierdan peso y el contrato laboral lo gane, no basta ni por asomo para acercarnos a la universidad soñada. Que los campus puedan contratar catedráticos y profesores titulares a dedo no garantiza mejora alguna porque el problema esencial es el del criterio con el que se elige. Las oposiciones de antes (abiertas para cualquiera, con un tribunal de cinco miembros por sorteo y con hasta siete pruebas diferentes) eran sin duda más garantistas en cuanto, al menos, la capacidad de memoria de los candidatos pero, poco a poco, el sistema fue derivando hacia fórmulas en las que lo que contaba era el nepotismo, la pertenencia o cercanía a grupos con poder. Lo que distingue a las universidades que cuentan con prestigio, ya sean estadounidenses o de cualquier otro lugar, es que el único criterio que les vale es el de la excelencia demostrada, por ejemplo, con artículos en revistas de alto nivel.

El ministro Castells cree que con obligar a que los profesores contratados vengan de otra universidad evitará la endogamia. Se equivoca porque la picaresca cuenta con medios suficientes para que se den unos intercambios que permitan mantener el clientelismo. Sólo imponiendo criterios de estricta excelencia „como dicen en las universidades estadounidenses, publish or perish, publica o perece„ y comités de selección independientes respecto de los poderes locales tanto políticos como académicos, se podrá cortar el nudo gordiano de la endogamia y el nepotismo que ha arruinado a nuestros campus.

Si no se hace así, los nuevos contratados responderán al perfil del catedrático o profesor titular que convenga a quien manda, ya sea en la comunidad autónoma o en la universidad en cuestión (a menudo primos hermanos). Al tiempo. Y cada vez queda menos espacio para maniobrar.

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