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De un tiempo a esta parte, el pueblo va de capa caída. Relevado a la categoría de lo supremo por los movimientos populistas que han protagonizado en todo el mundo el cambio político que vivimos, y que consiste, una vez más, en no cambiar nada, perdió la condición de oráculo en el momento en que los líderes del populismo comenzaron a dudar de la fidelidad del ciudadano-florero, es decir, de eso que en su conjunto llamamos pueblo. Mientras que éste, el pueblo, esté calladito o, todo lo más, aplauda con fervor lo que le dicen los líderes emergentes, todo va bien. Pero si surgen las críticas el modelo populista entra en shock y comienza a dar mandobles por doquier. El pueblo es mala diana para que le lleguen los palos porque, con tanta gente, cuesta acertar a todos. Así que los caudillos redivivos buscan enemigos en otra parte y los encuentran enseguida, claro, en los periodistas.

Es curioso el paralelismo que se da entre tres figuras en principio tan dispares como Donald Trump, Pablo Iglesias y el presidente mexicano López Obrador en esa tarea. Los dos últimos son marxistas convencidos y aún cabría entender que reaccionasen de forma parecida pero el maridaje con Trump se entiende peor, por más que Fraga Iribarne ya nos dijese que la política produce extraños compañeros de cama.

El misterio se aclara sin más que acudir al nuevo sistema de intoxicación conocido como fake news, que sirve para mentir de forma descarada pero echando la culpa al otro. Y como no hay mejor destinatario para el ataque que los periodistas, son éstos los que se llevan los mayores palos.

Curioso resulta porque, centrándonos en nuestro país, pocos políticos han gozado de la bendición de la prensa como el vicepresidente Iglesias aunque sólo fuese porque era pieza esencial para mantener a flote a Pedro Sánchez. Pero ha bastado con que salgan a la luz las manipulaciones relacionadas con el siniestro Villarejo en las que la víctima Iglesias se vuelve sospechoso, es decir, el caso Dina, para que de inmediato se suelten los demonios contra la prensa hostil: la que no es sumisa a Iglesias. Nos alecciona éste acerca de que debe ser del todo natural que los periodistas reciban críticas e insultos. El paso siguiente es dar por normal que les partan la cara. Y, en previsión de que haya que ir más lejos, vuelve el proyecto de controlar la información -censura se llamaba antes„ vigilando los medios de comunicación que no son afines al Gobierno.

¿Quién logrará antes algo así? ¿López Obrador, Donald Trump o Pablo Iglesias? De momento, Trump parece el mejor entrenado para sacar adelante el populismo sin pueblo ni periodistas que informen pero la carrera no ha acabado.

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