El presidente Puig confía en la bienaventuranza de la humanidad. Aunque lo que acabo de decir, bien mirado, es una tontería. Alguien que se entrega a la política ha de confiar en la humanidad, o se dedicaría a ser un Bukowski o un Bergman, o simplemente un derrotado de la Historia. En el caso de Puig ha de confiar en la humanidad valenciana, que es su límite geográfico, administrativo y moral. Zapatero también respondía a ese aliento humanitario. Bastará recordar aquí la célebre Alianza de las Civilizaciones, criticada hasta por el obispo Sanus, que consistía en sumar, o emparejar, el feudalismo teocrático con las conquistas civilizatorias de Occidente desde la Ilustración. Ese multiculturalismo loco y bonachón acabó en nada, claro. ¿Cómo poner al mismo nivel la física cuántica y el espiritismo, a Einstein y a un brujo del Amazonas? En fin, la cuestión es que mientras media España obliga a que el personal lleve mascarillas, el presidente Puig se abstiene de firmar la medida. Ha de pensar, crédulo e indulgente, que con hacer pedagogía y recomendar su uso todas las clases sociales que ocupan esta tierra obedecerán y, como si fueran japoneses o alemanes, se colocarán la mascarilla sin ninguna objeción en un ataque repentino de fraternidad suprema. Pero resulta que los nervios sociales no están atravesados por una congregación mariana y que en la calles -¡ay!- triunfa más el egoísmo que la solidaridad, ya nos gustaría apelar al Hombre Nuevo de tantas utopías. De modo que cada uno va a su bola. O el personal siente el peligro cerca -en los pulmones- o adivina la multa próxima o se relaja. Y entonces, como se está viendo ya en toda España, se disparan los brotes de coronavirus, y así hasta el infinito, o hasta un nuevo confinamiento general. Es obvio que media España de las autonomías obliga a colocarse la mascarilla a la ciudadanía y es obvio, también, que Puig ha de vivir en una contradicción. Si uno cree en la humanidad, cree en la vida. Y si cree en la vida ha de creer en la mascarilla. El presidente de todos los valencianos, no hace mucho, frenó la escalada de las fases, y no pasó a una superior por prudencia. Algunos le aplaudimos. La vida antes que la bolsa. Ahora, no se tocaría ni la bolsa. La bolsa sigue igual. Pero se ha de conquistar la idea de la prudencia en estos tiempos de cólera. Y para que la prudencia sea reconocida y aplaudida se ha de imponer la mascarilla. Que es algo así como creer en la vida. Y en la humanidad.