Quizá nunca habíamos tenido tanta oportunidad de tener conciencia social como ahora. Aunque, esa conciencia social depende y mucho de las edades de la población y del individualismo al que cada cual esté acostumbrado. Sin entrar en detalles, porque hay muchos que contemplar, esta pandemia nos ha descubierto que nuestros actos pueden tener consecuencias para los demás. Una parte de nuestros miedos ya no son solo por nosotros mismos, sino que nos llevamos el miedo a casa.

La conciencia social nos ha vuelto más de muchas cosas y menos de otras. Quizás ahora estamos más vigilantes porque el miedo aprieta y con la salud no se juega. Y sobre el tablero de nuestra sociedad dos equipos, el de los responsables sociales e individuales; y los que miran hacia otro lado como si nada hubiera o estuviera pasando. Si hay dos equipos tan dispares, ¿Cuál es la mejor manera de convivir?

Me atrevería a decir que desde el respeto y desde la empatía. Parece fácil, pero para respetar se necesita haber recorrido mucho camino personal y tener buenos cimientos en valores. Esta pandemia nos está sacando los trapos sucios de una sociedad individualista y de unas generaciones acostumbradas a la inmediatez, a despreciar la paciencia y a priorizarse. Quizá las cosas nos iban tan bien que hemos perdido músculo en eso del sacrificio. Para la mayoría, con la vida resuelta y las necesidades cubiertas, era el momento de ser felices el mayor tiempo posible, del hedonismo, la juerga y el disfrute. Un Carpe Diem de calcomanía, como el que te salía cuando abrías tu pastel en el colegio, de mala calidad y, sobre todo, postizo. Pues a pesar de lo pasado, hay quienes no conocen otra responsabilidad que la de uno mismo acorde a su bienestar y sus objetivos.

«Por culpa de unos pocos€», oigo decir a menudo por parte de otros pocos. Los que dan la voz de alarma sobre adónde nos puede llevar tanta irresponsabilidad son los conscientes, los que han aprendido que esta crisis se soluciona unidos. Por culpa de unos pocos, o por la falta de responsabilidad de unos pocos, prefiero decir, quizá no podemos despertarnos todavía sin la sombra que nos acompaña del Covid. Una sombra que ya pesa, porque son ya muchos meses viviendo de otra manera. Aunque otros, han decidido recuperar sus vidas, las que tenían antes de todo esto. Grupos de personas en los parques, celebraciones a puerta cerrada, baños con los amigos€ como si nada. Y ante esto, ¿Cómo se le pone una mascarilla al ego por el bien de los demás? ¿Cómo se pone en cuarentena a la irresponsabilidad para frenar los contagios? ¿Cómo podemos hacer llegar el mensaje a quien solo se escucha a sí mismo? Concienciando. Cada uno de nosotros, hablemos de comunidad con el vecino, a nuestros hijos, a nuestra amiga, al compañero de trabajo€ no les permitamos lo que nos pone en peligro.

Invitemos a los que son islas a formar continentes. Los pasos hacia adelante, porque sabemos adónde vamos. Sigue el GPS de tu sentido común. No es una tarea fácil. Estamos viviendo las consecuencias de una parte de la sociedad desconectada. En algún momento dejamos de mirarnos a los ojos y bajamos las cabezas, no por humildad o respeto, sino para retirarnos a nuestro mundo, a través de un chat, de fotos retocadas, de una vida de mentiras online.

La crisis que estamos viviendo no es un juego con un botón de off que podamos guardar en un cajón hasta el día siguiente. Lo que tenemos fuera, si levantamos la cabeza y dejamos de mirarnos hacia adentro, es un drama que está en la mano de cada uno y que entre todos podemos frenarlo en seco. Nuestros actos, los de todos, tienen consecuencias. Intentemos mirar más a los ojos, ahora que las mascarillas nos ocultan todo lo demás.