Spinoza definió la alegría como el sentimiento derivado de la intensificación de nuestra realidad -de nuestro «potencial»- consiguiente a un encuentro o relación. La tristeza sería exactamente lo contrario: el sentimiento asociado a su disminución. El interés de estas visiones viene, para mí, de la idea de potencial que se puede resumir en algo así como intensidad de realidad y su consiguiente capacidad.

En efecto, la idea del filósofo íbero holandés es que hay personas, acontecimientos y cosas cuya relación intensifica nuestro potencial o realidad, mientras que otros lo disminuyen. Buscar los primeros y eludir a los segundos sería para Spinoza tanto una inclinación razonable como éticamente recomendable.

Todo lo anterior tiene límites y deformaciones muy obvias como, por ejemplo, que puede derivar en un sentimentalismo reactivo e inconsistente que deambula entre relaciones agradables mientras lo son. Pero esconde la idea de que hay relaciones que no se limitan a sumar lo de uno y otro, sino que multiplican mutua y positivamente a los que las mantienen, y que la alegría suele surgir también de esa experiencia.

A esa visión se le ha buscado dimensión política mediante la idea de «multitud» o la multiplicación del poder de los que se movilizan y que supera con mucho la mera suma de sus individualidades. Lo sorprendente del caso es que son radicalismos democráticos los que la esgrimen, cuando es obvio que supone una elusión de la forma plebiscitaria de la democracia en la que cada hombre es un voto. La llamada «revolución de las sonrisas» o las movilizaciones festivo políticas son variantes de la misma estrategia que, en el fondo, tienen un sesgo inevitablemente revolucionario camuflado en un supuesto buen humor.

Sin esta idea de que la multitud reunida se constituye en sujeto capaz resulta difícil entender cómo, por ejemplo, el independentismo catalán o los populismos siguen hablando de sus afines como «el pueblo», cuando es obvio que al hacerlo ningunean a buena parte de la ciudadanía que no comparte sus posiciones. Y es que la multitud se pretende sujeto de una «alegría» política que intensifica su poder convirtiéndose en el agente político supuestamente decisivo y legítimo. Es la democracia de las calles y las manifestaciones, de los activistas y la concienciación.

Es cierto, que la democracia misma al otorgar el poder a los que solo son la mayoría se conduciría así, es decir, multiplicando por encima de su mera suma el poder de los que se reúnen en una multitud que alcanza a ser mayoritaria. Por eso, conviene no olvidar que el tratamiento de las minorías resulta tan esencial a una sociedad democrática como el poder logrado mediante mayorías. Y que las mayorías se convierten en despóticas y multitudinarias, es decir, tumultuosas, por formal que sea su acceso al poder, cuando se arrogan un poder liquidador no ya de los derechos, sino del punto de vista de las minorías.

En cualquier caso, esa idea de multitud política no sería más que un caso de la concepción dominante entre nosotros de la alegría como algo sobrevenido y consiguiente a un encuentro multiplicador de nuestra vitalidad, es decir, multitudinario. De ahí, creo yo, el éxito de los festivales y conciertos en los que la masificación y hasta el hacinamiento no aguan la fiesta, sino que la constituyen. Y otro tanto ocurre entre los aficionados a competiciones deportivas en sus estadios repletos y tronantes, en los que se experimentan agentes de un poder y de unas emociones multiplicadas -empoderadas, se dice ahora- multitudinariamente.

En todo lo anterior hay mucho de certero. Por ejemplo, es del todo cierto que la alegría no es tanto algo que uno hace como algo que a uno le pasa, y que la suma de la vida de otros intensifica la nuestra hasta formar parte importante de su plenitud. Y sobre todo es verdad, me parece a mí, que la alegría es la manifestación del crecimiento, y en términos físicos incluso del vigor sin merma u obstáculo.

Fue Aristóteles el que sentenció -desde su genial vitalismo meridional- que el placer perfecciona a la acción que lo produce. Pero, que yo sepa, no dijo nada al respecto de cuál era el placer que perfeccionaba al crecimiento, y en ese punto es dónde podemos dejarnos llevar por Spinoza: la alegría es el placer del crecimiento. Aunque, más propiamente habría que decir que la alegría de Spinoza es la que se sigue del crecimiento por multiplicación.

Y así es como llegamos al lugar donde todo comenzó: el «creced y multiplicaos» bíblico no habría sido más que una invitación a la alegría; un mandato que cabría resumir en algo así como «sed felices» en la medida de lo posible, es decir, en la medida de la abundancia posible según el crecimiento y la multiplicación de la que sois capaces en compañía unos de otros.

Pero resta todavía una precisión, aunque esencial. Hay un crecimiento que propiamente hablando no se produce por multiplicación, aunque se intensifica con su multiplicación con otros: el crecimiento interior, el que se forja en y mediante lo que cada uno hace de su vida y consigo mismo, aunque sea en relación con muchos otros. Ahí también se experimentan la alegría y la tristeza que, más allá de los estados físicos, notifican el incremento o la disminución de uno mismo que se sigue de lo que hacemos y, en última instancia, de lo que somos.

Y es que es cierto que la alegría es más algo que nos pasa que algo que nosotros hacemos, pero eso no significa que la alegría realmente sustantiva no se siga de lo que hacemos, aunque sea remotamente y como por condensación. Sin esa alegría cuya fuente es interior los individuos se vuelven centrífugos y convierten la multiplicación de uno mismo que ofrece la multitud en una alienación compensatoria.

Cabe pensar, pues, que la alegría es el sentimiento asociado al crecimiento y a la unidad de los que crecen juntos y lo hacen posible entre sí. Esa alegría de la vida como crecimiento y multiplicación es la que cala hasta los huesos, por así decir, y toma la forma tranquila de la felicidad, de la posible entre nosotros.