Las casas sin libros eran de lo más normal en los pueblos pequeños. La mía, por ejemplo. Sólo leía lo que veía leer a algunas personas mayores: las novelitas del Oeste, del FBI, de Ciencia-Ficción. Llegué muy tarde a lo que se llama gran literatura. Un día me prestaron una novela que no sabía ni que existía: Últimas tardes con Teresa. Era de 1966 y había ganado, el año anterior, el premio Biblioteca Breve, que era muy importante pero que a mí me sonaba a chino. El autor era Juan Marsé. Ni idea. En la solapa ponía que trabajaba en un taller de joyería. Yo pensaba que para ser escritor había que estudiar en la Universidad o en algún sitio parecido. O sea: no sabía quién era Juan Marsé, pero me cayó bien desde el principio. Seguramente unen mucho los orígenes de clase. Recuerdo que al acabar la novela pensé que sólo para escribir un libro como ése ya valía la pena ser escritor. Como digo, hasta entonces sólo había leído novelas del Oeste y otras parecidas. Cada cual tiene su biografía, y la mía no era para echar cohetes en nada, y aún menos si hablamos de literatura.

Luego ya leí todo lo de Juan Marsé. Lo conocí y fue como si ahora los chavales conocieran a Messi, a pesar de ser un defraudador a la hacienda pública, cosa que no era Marsé. Para mí fue el mejor escritor español del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Lo que cuenta en sus novelas es casi siempre lo mismo: la oscuridad de una posguerra que se alargó hasta casi ahora mismo. Sus personajes son perdedores de alguna guerra, sobre todo de esa, tan cruel a veces, que es la vida. Lo dice en Últimas tardes con Teresa, cuando habla de la mirada perdida de Maruja, la criada de la familia rica de Teresa: esa mirada que «implora la unión en la desventura, el mutuo consuelo entre seres caídos en la misma desdicha, en la misma miseria y en el mismo olvido». Siempre que releo esa obra maestra me acuerdo de Fiesta, la canción de Joan Manuel Serrat: estoy convencido de que con ella le hizo a Marsé un homenaje. Es como si estuviera sacada de las primeras páginas de esa novela inmensa. Otra de sus obras fundamentales, Si te dicen que caí, fue publicada en México en 1973, la prohibió la censura franquista y sólo pudo ser publicada aquí en 1976, después de la muerte del dictador. A mí me gustan, entre todas las demás, El embrujo de Shanghai, Un día volveré y, la que más, Ronda del Guinardó. Pero ninguna como la que protagoniza Manolo el Pijoaparte, ese joven charnego que se dedica a robar motos para pasear a las chicas y desguazarlas después, a echar las horas muertas en el bar Delicias, a subir y bajar por las calles y las plazas del Carmelo, su barrio barcelonés que Marsé conocía de primera mano. Y a enamorar a la joven Teresa, la hija de familia burguesa a la que quiere utilizar, como Julien Sorel en Rojo y negro, de Stendhal, en su aspiración de subir peldaños en la vida social de la ciudad. Y también para vengarse de su poderío.

El cine, los tebeos y las novelas baratas de los quioscos fueron el territorio sentimental y literario de Juan Marsé. De ahí que sus jóvenes protagonistas cuenten aventis, que son relatos en que la vida es una mezcla de realidad y de aventuras fantásticas. Nunca dejé de leerlo. Fue el principal escritor de la memoria cuando aquí todo era pasto del olvido. Lo poco que puedo saber de ese pasado humillante para la derrota republicana sale principalmente de las ficciones que él escribió mejor que nadie. Por eso, y por muchas otras razones, le dediqué mi novela Maquis. Miren cómo acaba Un día volveré: «hoy ya no creemos en nada, nos están cocinando a todos en la olla podrida del olvido, porque el olvido es una estrategia del vivir -si bien algunos, por si acaso, aun mantenemos el dedo en el gatillo de la memoria». Lo admiraba muchísimo. Cuando se murió hace unos días, a los 87 años, no acababa de creerme que ya no habría más nuevas novelas suyas en las librerías. Vaya mierda.