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El ajuar de la maestra

Hace unos meses mi amiga Virginia me contó que tenía una serie de cosas que iban con ella a todas las escuelas por las que había pasado a lo largo de los años. Se trataba de cosas cuidadas, reunidas poco a poco, hermosas, útiles. Ella llamaba cariñosamente al conjunto: «el ajuar de la maestra». Una era una pizarra en forma de tríptico que usaba de mil maneras, otra una preciosa colcha de bolillos, cacharros de cerámica para la cocinita, muñecas de trapo, cunas de madera, también había un lebrillo para hacer pan, bolsitas de té y tazas para tomar infusiones en las entrevistas de padres. Y bastantes cosas más. Me imagino lo agradables que resultarán sus clases vestidas con todas estas lindezas. Y el ambiente que se creará a partir de estos elementos de juego, relación y placer.

Por otra parte esta semana me ha llegado por correo un regalo, un libro entrañable que se llama: «Con cuentos he remado» y ha sido escrito por otra buena amiga, Elisabet Abeyá, maestra y escritora. En su texto habla de muchas cosas interesantes, entre las que nombra, (¡menuda coincidencia!), a «los objetos que nos acompañan a las maestras», valorándolos encarecidamente y definiéndolos de un modo parecido a como lo hacía Virginia. O sea, como objetos ayudantes, amables y atractivos.

Elisabet cuenta que algunos de los objetos que usaba para contar cuentos, eran: los primeros zapatos de sus hijos, dos botellitas de cristal que utilizaba para contar el cuento de Los dos gemelos, un espejo pequeño, un peine de madera, un gorro verde, una rama de romero? Mientras las escuchaba a ellas pensaba en mi propio ajuar como maestra, tan copioso y sentido como el suyo, aunque muy diferente en su contenido, como diferentes somos cada una de nosotras.

El diccionario nos dice que el ajuar es el «conjunto de ropas, muebles, alhajas, etc. que aporta la mujer al casarse». Pues bien, el ajuar de la maestra vendría a cumplir el papel de pertrecharse de cosas eficaces, seguras y fieles. Sería como ponerse un abrigo forrado de recursos para facilitarnos el día a día en la escuela, como impregnar el ambiente con nuestro perfume, particularizarlo, rociarlo de afecto.

Lo que está claro es que según sea el maestro o la maestra, el ajuar será diferente. Y es que los elementos que utilizamos los maestros dicen mucho de nosotros mismos, de nuestro estilo, de nuestra línea educativa, de nuestra formación y nuestras experiencias. Habrá quien llene su ajuar de elementos naturales, de libros, de juegos, de música. Habrá quien solo considere imprescindible su ordenador. Habrá ajuares minimalistas y ajuares barrocos. Ajuares didácticos y ajuares artísticos. Pero me cuesta trabajo creer que haya algún maestro en el mundo que entre a su clase sin nada en las manos, sin algún presente personal para compartir con los niños.

En mi caso, hablaré de un ajuar variado, colorista y abundante, porque yo necesito tener a la vista cosas bellas para invitar a los niños a apreciarlas. Necesito disponer de materiales poco estructurados para pedir a los niños a que los jueguen y los pongan en orden: piedras, caracolas, maderas... Necesito rodearme de recuerdos para poderlos contar, de músicas para bailar, de libros para leer. Con el tiempo mi colección de objetos acompañantes, ha ido creciendo, así que tengo un ajuar tan grande que cuesta de guardar, pero es disfrutable y hermoso, y transforma mi aula en un lugar habitable, segurizador, bonito, a la vez que sorprendente y aventurero.

En mi ajuar, además de lo ya comentado, hay cosas que siento como necesarias, pero que pertenecen más al terreno de lo simbólico, de lo afectivo, de los recuerdos. Una de ellas es una pequeña manta de cuadraditos de lana de colores que trajo David y que había sido tejida por su abuela. La utilizábamos para envolver el cuento que leíamos cada semana «para que no se enfriase». Otra cosa es la oreja verde que me enviaron desde el Museo de Van Gogh, Javier y Ange. Esta oreja me sirve para explicar a los niños que quiero escucharlos, que me interesa lo que tengan que contarme. Otro es una falda larga llena de bolsillos en los que meto palabras con las que me invento historias.

En mi ajuar hay muchas cosas más, pero están repartidas por mi casa, porque forman parte de mi vida. En realidad, cuando empieza el curso mi «ajuar base» está dispuesto y expuesto en el aula para uso y disfrute de los niños que van a habitarla. Pero después, si las conversaciones o las curiosidades lo requieren, irán visitándonos otros objetos de mi ajuar personal, que aportarán a los niños nuevos saberes sobre los asuntos en que están interesados, con la fuerza de mi implicación personal inevitable y con el feliz añadido que ellos le ponen y que a mi me encanta: «Cuidado, que no se estropee esto, que es de su casa».

Y es que los ajuares de las maestras son un cobijo, no solo para ellas, sino para el grupo en su conjunto. Son como una piel que recubre los vínculos que se crean entre los niños y ellas, como un vestido caliente para los momentos entrañables, como un lazo para las relaciones, como un aperitivo para el saber y como un despertador para las fantasías.

¡Qué suerte haber tenido tan buen ajuar!

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