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"Summer time"

Desde mi más tierna infancia he creído que los veranos estaban hechos para la alegría, los encuentros, los abrazos, los besos, el amor ... un tiempo para la felicidad en el que la tristeza, la enfermedad, la muerte, los problemas y las malas nuevas no tenían cabida. Como si el sol, la luz y las noches de estío fueran un antídoto infalible contra todo lo malo. De hecho, pese a algún que otro contratiempo, había logrado llegar abonada a esa creencia hasta este verano, algo alejado ya de mi niñez, cuando en un abrir y cerrar de ojos una molécula invisible nos ha puesto la vida patas arriba. A unos más que a otros. Pero un volteo considerable y generalizado en cualquier caso.

De un plumazo nos han tapado la sonrisa, robado los besos, criminalizado los abrazos y dosificado los encuentros con quienes más nos importan. No se puede ser más cruel. Y eso solo es la guinda de un pastel horneado a base del dolor que la muerte de miles de personas ha provocado a otras miles, de la preocupación por una enfermedad, la propia y la ajena, aún desconocida y de la angustia por cómo afrontar una crisis sin precedentes en la que hemos caído en picado sin que se vislumbre el efecto rebote del que en algún momento se habló. La famosa V que cada vez es más U en lo que es un ejemplo gráfico de un aplanamiento invertido, esta vez no deseado, que amenaza con ahogarnos.

Pero, con todo, no es esto lo peor. Lo más malo está en el porvenir. Y no porque lo que esté por llegar vaya necesariamente a superar en dureza a lo vivido, que también podría ser. Lo angustioso es no saber lo que está por venir. Esa misma incertidumbre con la que los tocados por la varita del virus hemos vivido sus efectos, sin saber si a la vuelta de la esquina nos esperaba la sanación o la muerte, se nos ha pegado a todos a la piel como brea haciendo complicado desprendernos de ese desasosiego. Incluso en tiempo de verano.

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