Esta es la historia del viaje de un ciudadano, llamado Juan Carlos (JC), desde las cecas, donde su cara se hacía dura en las monedas, hasta trenes de velocidad inusitada por los desiertos de Arabia, trajinando tesoros como Alí Baba, con un uso continuado y esmerado de su vida privada; más privada que la de cualquiera, por lo visto: una filigrana de vida privada. Y en medio un saco de buena labor, mitos abonados por la incultura, heroísmo deportivo y la fanfarronería genética adornada por su memoria histórica, que los Borbones sí han tenido derecho desde siempre a la memoria histórica. Estupefactos y levemente molestos en este verano, el más peligroso desde que hay monarquía parlamentaria, asistimos a la desaparición de un mártir para unos, de una quimera fantástica para otros, de un tunante incorregible para la mayoría. Enfadarme en demasía sería vana pérdida de energía: como ser humano JC no se lo merece. Y más en este momento, en que soy republicano asintomático y monárquico posicional en cuarentena.

Toda España está constitucionalmente confinada menos JC que ya puede evadirse de tan molestos requisitos para afirmar su patriotismo. Al hilo de esto me vienen a la cabeza unas dispersas consideraciones, levemente melancólicas. A los que han elegido gritar ¡Viva el Rey de España! (¡VERDE!, lo que no deja de tener gracia de chiste picante), no se les ocurre que hacen de menos a Don Felipe, pero seguramente es que este, al menos por ahora, no les brinda sosiego de estirpe ni prebendas con oscuros magnates y marítimos colegas. A esos nada tengo que decir: los que necesitaban al Rey para dar consistencia a la democracia hace tiempo que son de Vox, triste pena para El-Que-Trajo-la-Democracia. Y, por lo demás, pedirles que lean algo de historia es inútil anhelo.

1.-JC tuvo un papel destacado en la Transición porque esta fue, ante todo, una Restauración. El reparto de cartas y las fuerzas acumuladas por los franquistas y los demócratas, significaba que JC podía asegurarse el trono porque controlaba a los militares levantiscos. Él lo sabía. Y eso le daba más fuerza que un millón de manifestantes. Decir que podía haber optado por conservar un papel absoluto es falso jurídicamente -el Sucesor no era Franco en las Leyes Fundamentales- y políticamente: no favorecer la democracia significaba que España no entraba en la UE, que se moriría de asco económico en las crisis de los 70 y que no sería recibido ni por los primos de las monarquías europeas. Por lo tanto, no hubo "concesión": hubo un pacto: corona en paz a cambio de embridar soldados. Y salió bien. Con muchos matices que aquí no caben. Lo importante es olvidar de una vez la visión providencialista de la Transición: no hubo "pilotos" sino un firme movimiento coral.

2.- Consolidar la Corona era una parte de la consolidación democrática. Pero era lo más fácil de consolidar. El constituyente ayudó salvando a los futuros monarcas de sí mismos limitando en extremo sus competencias, privándoles de la capacidad de adoptar decisiones. Y recogiendo algunas tradiciones constitucionales como la inviolabilidad o la preferencia del varón -según algún historiador para evitar el trance de que Doña Elena fuera la sucesora, a petición del mismo JC-. En general las cosas fueron bien y JC se adaptó a la dinámica constitucional mientras hubo estabilidad, bipartidismo y funcionó el ascensor social, es decir, mientras millones de ciudadanos no se preguntaron demasiado por privilegios y por la cara oculta de la monarquía. En este marco el debate sobre si había juancarlistas o monárquicos es una distracción trivial.

3.- El problema es que para consolidar la Corona se la rodeó de brumas. Ni la clase periodísticas ni la mayoría de los políticos estuvieron dispuestos a aplicar normas mínimas de transparencia a la institución. Se construyó una imagen de Familia Irreal coronada por el amor, la benevolencia, las creencias cristianas. Un modelo ético en mitad del desbarajuste necesario en una democracia pluralista y no digamos cuando llegó la corrupción. Pero cuando se supo que era una familia desestructurada, minada por toda clase de desdichas autoinflingidas no pudieron esperar lástima. Ellos mismos se había privado de vida privada porque habían aireado una vida íntima de mentira, de oropel. Recuperar la credibilidad era difícil. Y más cuando las cifras de las que hablamos eran superlativas y el desdén por la ciudadanía creciente e hiriente. Defender que uno puede cubrir sus inmoralidades en nombre de pasadas glorias es una aberración: como un padre que se escapara con la fortuna de su hijo aduciendo que le dio una buena educación, como un empresario que corriera con los bienes de sus socios aduciendo que hace 40 años tuvo buenas ideas para la publicidad del negocio.

4.- La interpretación hecha de la inviolabilidad es absurda. Que el rey sea inviolable absoluto significaría que si asesinara a alguien ante testigos no podría ser detenido ni enjuiciado. La inviolabilidad constitucional se refiere al ejercicio de sus funciones, en cuanto que éstas estarán refrendadas por la firma de un político democráticamente legitimado. La interpretación que se ha hecho es el mayor regalo a los republicanos. Porque si alguien es inviolable hasta esos niveles, se convierte en impune. Y lo más curioso, hace que el rey carezca de presunción de inocencia. Esa presunción no puede ser una afirmación abstracta sino un Derecho que adquiere su auténtica dimensión jurídica en el marco de un proceso y de las investigaciones previas. Si no puede haber proceso no hay presunción. ¿Para qué, si no podrá probarse su culpa? Por lo demás investigar en las Cortes Generales no vulnera la presunción de inocencia. Eso significa que el rey extinto, el Ausente, le ha dejado a su hijo el peor legado: estará siempre bajo sospecha.

5.- Aburren los republicanos que parecen querer la República por la fiesta y por cambiar la bandera y el himno -el mayor error de la II República-. Porque aquí nadie habla del modelo de República. Según y como yo prefiero una monarquía debilitada que una República imposible ahora y confusa en su definición. En todo caso "esto" no es el preámbulo de la República. Lo que tengo claro es que o hay un cambio constitucional de la Corona, que incluya el fin de la impunidad y la desigualdad entre hombres y mujeres, que obligue a una transparencia y control mayores y que defina la educación de príncipes y princesas para que no acaben siendo unos pijos bonitos o, entonces sí, con una degradación general y peligrosa, llegará la República. Yo estaré celebrándolo, pero si tuviera que ser mañana me daría bastante miedo. La incertidumbre es muy mala consejera.

Así que por fin sabemos que significaba lo de la "nueva normalidad": era esto. Que los Borbones huyan, cobardes y felones, ha sido lo normal desde hace más de 200 años. Que lo hagan sin provocar alborotos o derramar sangre es lo nuevo. El último servicio que JC rinde a la democracia. ¡Por España, Señor, siempre por España!