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Punto de vista

Adictos a la queja

España está que arde y no solo me refiero a las altas temperaturas que se registran en buena parte del país. Los múltiples rebrotes de la pandemia prácticamente monopolizan las acaloradas conversaciones entre familiares y amigos. Comentamos a todas horas la información obtenida por los medios de comunicación y, como no, le ponemos nuestro sello personal. Este sello que nos caracteriza y se refiere a abultar la información, a darle cierto aire tremendista. Está claro que la situación es compleja y parece que no se vislumbren soluciones "mágicas" para la sanidad, la economía o la educación. A la espera de la anhelada vacuna, invertimos nuestro tiempo quejándonos y alarmando incluso al individuo más despistado.

Resulta lícito expresar nuestro malestar para intentar mejorar nuestra realidad, resulta comprensible incluso utilizar la protesta como medio de desahogo. Es cierto que no debemos resignarnos ante una situación que nos supera; no podemos mostrarnos insensibles ante tal avalancha de noticias poco esperanzadoras. Pero tampoco debemos situarnos en el victimismo y en la queja perpetua. No me refiero a esa queja necesaria que desemboca en un cambio, hablo de la queja vacía y poco constructiva, que nos coloca en una posición demasiado cómoda.

En los tiempos que corren es casi una proeza mostrar una actitud estoica ante la vida, sin embargo son las situaciones complicadas las que nos ayudan a superarnos y fortalecernos. La adversidad funciona como un trampolín, una oportunidad para madurar y evolucionar. Todos conocemos casos de personas que ante una grave dificultad laboral o personal han podido remontar y reinventarse. Dificultad que ha funcionado, en la mayoría de las ocasiones, como punto de inflexión hacia una vida con más sentido.

Simplemente abogo por una manera diferente de relacionarnos con el mundo. Reivindico el poder hablar con los otros sin convertirnos en el cubo de basura de nadie: empezamos hablando de "la panza de burro", seguimos con el Covid y "lo mal que va el país" y acabamos la charla comentando nuestros problemas con el trabajo o con los hijos. Quizá nos quejamos por inercia, utilizando la queja como tema recurrente y cansino. Diría que últimamente hasta está mal visto hablar en tono positivo y optimista; nos miran "raro" cuando mencionamos el término resiliencia.

La consecuencia de este bucle de negatividad puede traspasar el límite y convertirnos en personas tóxicas. Personas que andan en busca de una víctima para descargar su frustración. Personas que consumen la energía del interlocutor y llegan a contagiar su derrotismo, atentando contra la autoestima de su presa. Personas que desgraciadamente terminan siendo aisladas por la sociedad.

Pienso que existe antídoto para este padecimiento de "quejarnos a todas horas". La medicina está al alcance de todos, se llama "bondad" y la traemos de serie. Consiste en intentar aportar a los otros lo mejor de nosotros mismos, siendo generosos en el sentido más amplio de la palabra. Se trata de evitar juzgar y evitar sucumbir ante la queja gratuita. Se trata de revisar el diccionario y "aprender de carrerilla" el significado de vocablos tales como compasión y empatía. Solo así podremos disfrutar de nuestras relaciones y alejarnos de ese pesimismo extremo que a todos nos agota.

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