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Descerebrado a bordo

Es difícil hacer entrar en razón a una persona drogada o ebria en un espacio cerrado

Hace unos años me tocó volar desde Barcelona a Eivissa con una panda de auténticos descerebrados a bordo. Un grupito de hombres, y no jóvenes precisamente, subieron al avión muy alterados. En ningún momento, y pese a las insistentes peticiones de los auxiliares de vuelo (un gremio cuyo patrón debería ser el santo Job, por la paciencia), se abrocharon el cinturón y en pleno despegue se paseaban, sobre todo uno de ellos que no dejaba de rechinar los dientes, arriba y abajo por el pasillo, mascullando no sé qué barbarides.

Y así todo el vuelo, con las azafatas soportando amenazas y los pasajeros aguantando a esos tipejos durante tres larguísimos cuartos de hora. He pensado en ese viaje al ver las imágenes de los energúmenos que se niegan ahora a llevar mascarilla en el avión o en el autobús o en cualquier medio de transporte. Es muy complicado hacer entrar en razón a una persona ebria o drogada y en un espacio cerrado, no digamos ya en pleno vuelo, a veces presionarles puede incluso empeorar la situación y acabar en una pelea a puñetazo limpio. Ya sé que todo el mundo anda con los nervios a flor de piel, pero hay que tener tacto en estas situaciones para no crear un problema mayor. Que alguien no lleve mascarilla es un fastidio, pero una pelea a bordo de un avión es peor. Los descerebrados son ruidosos, pero, por suerte, son minoría.

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