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Levante-EMV

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A poco que se haya dado usted una vuelta por cualquier ciudad, y no digamos ya nada si el paseo incluía una playa, se habrá percatado de que no es despreciable ni mucho menos el número de los paseantes que no llevan mascarilla sin más o la lucen en el cuello, el codo o la mano. Se diría que el hecho de ponerse la mascarilla es un incordio administrativo impuesto en contra de la sacrosanta libertad de los ciudadanos para hacer lo que nos venga en gana.

Esa idea ha sido reforzada no poco por la versión en la pandemia de los telepredicadores, con el presidente Trump a la cabeza, lanzando al aire argumentos absurdos que vendrían a situar en la propia mascarilla „en el hecho de llevarla cubriendo nariz y boca„ el mayor riesgo para el contagio aportando razones tan pseudocientíficas como peregrinas. Sin duda que a la guerra contra las mascarillas han contribuido también nuestras principales autoridades sanitarias con sus dudas y vaivenes que se pueden resumir diciendo que, cuando no había esa protección en las farmacias porque tales autoridades no habían sabido abastecerse, se dijo que la mascarilla no servía de nada y había que ponerse guantes de látex. Meses más tarde, cuando la protección de nariz y boca se pudo comprar hasta en los hipermercados, pasó a ser obligatoria.

No es raro que la gente se muestre confusa y sospeche acerca de cuál es la mejor estrategia de lucha contra el contagio una vez que se abandona la reclusión en el domicilio. Pero todos los expertos con credibilidad internacional „por supuesto que no entran en ese grupo ni el ministro de Sanidad, ni el doctor Simón, ni el grupo inexistente de asesores que nos colaron„ todos esos expertos, digo, dejan claro que el virus se contagia por las gotitas que expele un infectado al hablar, toser o estornudar. Siempre que lleguen a nuestra nariz, boca u ojos. Así que el papel de unas gafas, de sol o no, y sobre todo de la mascarilla es esencial para evitar las infecciones.

Siempre que se lleve bien colocada, por supuesto. Llevarla a modo de bufanda, de codera o de correa para el perro hace que no sirva de nada. Quitársela para beber, comer, fumar o hablar por el móvil supone perder la protección que brinda. Pero son ésas la razones que se aducen cuando un municipal quiere extender una multa a quien no lleva la mascarilla.

Desengañémonos: el verdadero problema no es que te multen sino que corras el riesgo de infectarte. Multiplicarás el riesgo en cuanto te desprotejas, ya sea en una terraza o en la playa. De ahí la necesidad de llevar puesta la mascarilla siempre, aunque estemos sentados en la terraza de un bar o a la mesa de un restaurante, y retirarla sólo cuando se está comiendo o bebiendo de verdad. El móvil puede usarse con la mascarilla puesta. Y, claro, ahora que ya no llevamos guantes es preciso higienizar las manos a cada poco; al entrar y salir de cualquier establecimiento, por ejemplo. Eso lo dicen tanto los reglamentos como el sentido común.

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