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Camilo José Cela Conde

Mujeres

El sambenito de la inferioridad de las mujeres lo extendió el franquismo

Con motivo de contar con dos equipos de fútbol en Primera División, uno femenino y el otro masculino, el diario El Mundo ha dedicado un reportaje a Eibar, la única ciudad en toda Europa de menos de 30.000 habitantes que puede presumir de ese récord deportivo.

Haciendo memoria, el artículo del periódico se remonta a los tiempos de Franco, al año 1971, cuando el gobernador civil de Guipúzcoa prohibió la celebración en Eibar de un encuentro de fútbol femenino con el argumento de que no se trataba de un deporte apropiado para las mujeres. En realidad el cacique provincial del Movimiento no hacía sino seguir las directrices del gobierno franquista, que sostuvo esa discriminación bajo la coartada de que las mujeres son más débiles que los hombres y hay que protegerlas. Una razón bien peregrina en el caso que comentamos porque si era ése el único problema, con adaptar las medidas del campo, el tiempo de juego y el peso del balón a la supuesta debilidad femenina habría bastado.

Lo que sucede es que el sambenito de la inferioridad de las mujeres lo extendió el franquismo a todos los órdenes, con el deportivo quizá como el de menor trascendencia. Quienes tienen mi edad recordarán que las mujeres casadas no podían sacarse el carnet de conducir o el pasaporte, optar a un empleo e incluso abrir una cuenta corriente sin permiso previo del marido, cosa que llevaba a imposiciones tremendas -en particular si el matrimonio no se llevaba bien. Ninguna de esas actividades tiene nada que ver con supuestas debilidades o inferioridades; se trata de coartar la libertad femenina sin más, sometiéndola a la figura del padre o el marido.

Cabe pensar que la razón profunda de semejante política es la del rechazo a la ideología de izquierdas y, en particular, a las leyes feministas que se aprobaron en tiempos de la Segunda República, comenzando por la Constitución de 1931 que establecía en su artículo 25 la igualdad de todas las personas al margen de cuál fuera su sexo. Bien es cierto que libertades tan importantes como la de sufragio tuvieron también su oposición desde las filas de la izquierda; baste con recordar que una mujer tan capaz, inteligente y eficaz como Victoria Kent, reformadora de las cárceles inhumanas, se situó en contra del voto femenino mientras las mujeres no recibiesen una educación completa.

Hoy puede parecernos una anécdota trivial la de los intentos franquistas de someter a las mujeres a una sumisión absoluta. Pero si dejamos de lado los localismos y nos fijamos en lo que sucede en medio mundo, estamos muy lejos de deshacernos de esos estigmas a los que más que machistas habría que llamar estúpidos y destructores. Con media población dependiendo por razones de sexo de la otra mitad, se impone por necesidad la pérdida de un talento ciudadano imprescindible. Por razones egoístas incluso, los hombres deberían sumarse a la lucha por las libertades femeninas de ahora mismo.

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