Suscríbete

Levante-EMV

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Matías Vallés

La trinidad de Juan Carlos, Felipe y Pedro

La brisa mediterránea de Marivent no ha suavizado la distancia social entre Felipe VI y Pedro I. No se vieron las caras, se vieron las máscaras. La normalidad con la que se acepta que las dos máximas autoridades estatales comparezcan amordazadas contrasta con la irritación popular ante el único punto en que coinciden los jefes de Estado y de Gobierno, mantener el misterio sobre la ubicación de Juan Carlos I.

A juzgar por la presión informativa, Felipe V y Pedro Sánchez se reunían para decidir el paradero de Juan Carlos I, convertido en el gran dilema nacional por encima de la quiebra económica. El penúltimo jefe de Estado amenaza la continuidad de la Monarquía al monopolizarla, es más peligroso que los republicanos desmedrados y faltos de liderazgo.

Efecto opuesto

El Estado ha reproducido la Santísima Trinidad, una identificación triangular del padre Juan Carlos, el hijo Felipe y el espíritu de Pedro. Los herederos trasladan la impresión de que defienden la deslocalización del desaparecido con mayor énfasis que si se encontrara en España. La estructura patriarcal resultante puede resultar dañina para el líder socialista, pero es letal para el jefe de Estado.

Si Juan Carlos I permaneciera en España, no monopolizaría la actividad informativa, por lo que se ha logrado un efecto opuesto al pretendido. Sánchez acepta la erosión a cambio de las lesiones que sufre su antagonista. Los fanáticos de citar la frase presidencial y presuntamente conciliadora "no se juzga a instituciones, se juzga a personas" omiten que portaba la coletilla "y en este caso, don Juan Carlos". Un jefe de Gobierno anuncia que un Rey está siendo juzgado por corrupción. El Tribunal Supremo no salió a replicar a Podemos, sino a Sánchez.

Con su discurso rupturista, el papa Francisco se liberó del protectorado de su predecesor, Benedicto XVI, que también habitaba la Zarzuela del?Vaticano. A Felipe VI no le dejan hablar, y el monopolio informativo de su padre transmite la impresión de que sigue manejando los hilos. En la transposición bíblica, el sacrificado fue el hijo, la Trinidad desemboca en el Calvario.

La gelidez y la animosidad

Es difícil imaginar la sintonía de Mariano Rajoy con otro ser humano, pero un algoritmo hubiera decretado que Sánchez y Felipe VI estaban condenados a entenderse. Por primera vez desde Felipe González y Juan Carlos I, la cumbre del Estado alcanzaba la complicidad generacional. Sin embargo, la gelidez entre ambos se aproxima a la animosidad, habitan compartimentos estancos. Los esfuerzos del presidente del Gobierno por distinguir la Zarzuela de la Moncloa no solo son inadmisibles desde la concepción monolítica de un Estado jacobino, sino que reflejan además una antipatía personalizada. Si necesita un ejemplo más concreto de la identificación institucional, Sánchez veranea en La Mareta, un regalo de Hussein de Jordania a Juan Carlos I que engrosó el Patrimonio Nacional pese a los intentos del obsequiado por apropiarse de la vivienda.

Al igual que ya ocurriera con Iñaki Urdangarin, la Monarquía ha de confiar en que el emérito investigado mantenga un silencio sepulcral, aunque la bomba tendría una potencia infinitamente superior en el caso de Juan Carlos I. Ni siquiera es necesario que se manifieste el padre, una divulgación interesada colocaría a la Zarzuela en una situación comprometida. Con el riesgo de deflagración adicional de que el Rey Padre está amenazado por un desenlace penal.

Ya nadie duda de que la abdicación oficial del 2014 no se resolvió correctamente, los parches sucesivos tampoco han obrado el efecto deseado. A saber, la desaparición no física sino simbólica de Juan Carlos I, para que Felipe VI pueda ser juzgado por sí mismo y no por su patrimonio genético. Una aspiración extraña, por tratarse de una dinastía.

Solo el desenlace de las crisis epidemiológica, económica e institucional decidirá el veredicto del extraño verano del 2020. En una visión catastrofista, el país más castigado del mundo por la pandemia y sus repercusiones se entretiene con un duelo medieval entre cabezas coronadas. La interpretación optimista señala que si la opinión puede distraerse con disputas sobre el papel histórico de sus próceres, está alejada del pánico al covid.

La Magdalena de esta historia de la Trinidad es la reina Sofía. Después de soportar con profesionalidad los desaires del Padre, y de fabricar literalmente al Hijo con sus virtudes y carencias, se ve brutalmente apartada para evitar malentendidos sobre el inicio de una nueva etapa. Letizia Ortiz se ha impuesto a su predecesora con mayor ímpetu y fortuna que su marido.

A Sánchez solo se le escapó una sonrisa en Marivent, al recibir la pregunta obligada sobre la investigación penal a Podemos. El presidente reprimió el gesto ante una acción judicial que garantiza que no solo mande en solitario en la Zarzuela, sino también en la Moncloa.

Compartir el artículo

stats