A las complicadas relaciones a las que los ciudadanos nos enfrentábamos en nuestras interacciones con los organismos, instituciones y direcciones generales del Estado solo les faltaba que, en plena crisis sanitaria, los negacionistas salieran armados con fotocopias en las que se les instruía en la manera más acertada de evitar ser detenidos.

Si hace unos años fue el -aún- escurridizo pero serio asunto de la preservación del derecho a su intimidad, el colectivo policial, acostumbrado a estar criminalizado, tuvo que enfrentarse hace unos días a ciudadanos negacionistas mayores de edad amenazando con la acusación de prevaricación tras invocar, in situ y en plan fenómeno fan, el procedimiento del Habeas corpus.

Ha tenido que ser la propia policía nacional la que explique públicamente que este procedimiento no es un hechizo de Hogwarts y ha constituido uno de los momentos más bochornosos al convertirse los negacionistas en una especie de colectivo de candidatos a Miss Universos explicando al mundo que Confucio, uno de los chinos-japoneses más antiguos, inventó la confunsión.

No hay nada peor que los procedimientos que se prolongan. Yo, por ejemplo, estaría a favor de la scure tenedia de la que hablaba Cicerón. En la pequeña isla de Ténedos, en el Egeo, fue proverbial este procedimiento en el que el verdugo, a espaldas del reo, ejecutaba rápidamente la sentencia a una señal del juez. De esta manera no se volvía sobre la res iudicata, ni se recurría en apelación los mismos hechos, ni surgían nuevos. Un pequeño gesto del juez y ¡zas! caso resuelto sin marcha atrás. El mismo procedimiento, pero sin juez, que usan las mafias ilegales, las sectas destructivas, algunos policías violentos de Mineápolis y los negacionistas cuando juzgan sin contrastar datos, guiándose por su intuición -siempre superior- que convierten en fe por la mera negación de los hechos.

Uno no puede autodenominarse escéptico por el hecho de dudar de todo. Y en casos como este, por dudar del método científico. Pedir pruebas sobre la no-existencia de hechos, como la hipótesis de que haya una confabulación a nivel mundial, sin reconocer la credibilidad de esas pruebas en hechos probados.

Negar lo que es real, y explicar lo que no lo es, remite a dos citas: la del detective Dupin, el primer detective en la historia del género, en los 'Relatos de raciocinación' de Poe y la de Rousseau en 'Julia o la Nueva Eloísa'. Según este último, el país de las quimeras sería el único digno de ser habitado. Porque entre sus fronteras invisibles los objetos de deseo no existen más que en la imaginación.

No podemos pasar por alto el hecho de que la imaginación, el único medio de hacernos soportar la existencia, que siempre ha estado en el ámbito de lo artístico jugando el difícil papel de elevar todos los espectros de la cultura hacia la innovación y el descubrimiento, se ha convertido en un instrumento civil confuso, que algunos pretenden usar para manejar la realidad a su antojo con hechizos, supersticiones, mitos, cuentos, bebedizos y comedizos 'naturales',

La razón sólo existe porque es la facultad de representar la realidad y distinguirla de lo irreal. Vivir de invenciones bienintencionadas es una manera de perder la razón y la propia humanidad. En nuestra vida en sociedad, esto solo conduce a excesos de todo tipo que perjudican el funcionamiento de las relaciones entre las personas. Ocurre cada vez que tienes que responder a un mensaje telefónico con «no, ese informe policial que me reenvías por whatsapp sobre una banda que te duerme haciéndote oler un gel, es inventado».

De pensar que los juicios y los fiscales en España son como los que salen en las películas de Estados Unidos, cualquiera puede pasarse a imaginar que una bacteria puede combinarse con un virus, cosa que si es bien conocida por la comunidad científica, resulta inútil para quien no esté familiarizado con su estudio. En vez de gritar ¡Habeas corpus! ante el estupor de la policía se puede pasar en menos que canta un gallo a gritar ¡Bacteriófafo! ¡Microbioma! O ¡Molécula quimérica! ante un laboratorio de investigación.

Por ahora no es preciso exaltar la imaginación ciudadana. Ya tenemos a Cañizares confundiendo la esperanza con su negociado. La esperanza es cualquier deseo que no poseemos, y eso incluye la resolución científica del problema, monseñor.

Más que intentar resolver el asunto por nuestra cuenta, hace falta enseñar conceptos básicos, también los científicos, que aún cuesta popularizar debido al creciente idiotismo convertido en nuestra asfixia psicológica silenciosa. Se necesita un nuevo concepto de cultura. Lavarse las manos es cultura, almorzar cacahuetes, una opción trivial.

Hace falta dar a conocer conceptos jurídicos reales: qué es un contrato laboral, un banco o una declaración de la renta; pero también qué es hoy una mujer, un hombre, un niño, un anciano; por qué los puñetazos no duelen en las películas; por qué hay frases que desgarran. No se llega a lo racional a través de lo irracional. No se sostiene una verdad con una mentira. Ni un derecho se afirma con un abuso. Ni una acusación insuficiente con una calumnia.

Si hay desorden, hay que reordenar y no arrojar todo en el aire esperando a que la cosas recobren su lugar por sí solas. Y si un militar insubordinado salva a su regimiento y gana una batalla, ningún país en su sano juicio hará de la desobediencia un caso de estrategia.