Mientras tomaba café, en El Capri, recibí una llamada de Antoine; un periodista afincado en París. Me preguntaba acerca de un tuit que publiqué, hace unos días, sobre la monarquía. El tuit decía así: «Es bueno para una democracia que se abra un debate acerca de su forma de Estado. Es cierto que el referéndum constitucional llevaba implícito la aceptación, o no, de la monarquía parlamentaria. Aquello fue en el 1978. ¡Era otra España!». En Francia, por la misma regla de tres -me comentaba Antoine- también tendría cabida un plebiscito para la restauración de la monarquía. En los ordenamientos jurídicos escritos, los hechos preceden al Derecho. Primero surgen los problemas sociales y después las soluciones en forma de leyes y reglamentos. Primero, y valga el ejemplo, surgió internet y acto seguido las leyes que regulan los delitos informáticos. Algo parecido ocurre con las formas de Estado.

La monarquía parlamentaria surgió en una España en blanco y negro. En un país reprimido tras cuarenta años de autocracia. Fue en ese momento, en esa hambre de libertades, donde Juan Carlos I restauró la Corona. Una corona, desprovista de poder ejecutivo, que otorgaba cohesión a la nueva España de las autonomías. A una España herida por los efectos de la autarquía, la emigración y la pobreza. El rey emérito restauró una corona impoluta y carismática que insuflaba admiración y cautela a la ciudadanía. Admiración por ser la bisagra entre lo viejo y lo joven, entre el antiguo y el nuevo régimen. Y cautela. Mucha cautela ante el empuñado del cetro por un discípulo de Franco. La monarquía parlamentaria se convirtió en lo menos malo para España. Se convirtió en algo cocinado desde arriba. En un plato que satisfacía, por un lado, el interés particular de don Juan Carlos y, por otro, el interés general de la España postfranquista. Fue en esa España virgen, en ese país de silencios, miedos y temores donde don Juan Carlos se convirtió en un agente de cambio indispensable para el progreso. Un agente que posibilitó un marco de libertades a un lienzo de deberes.

Hoy, después de cuarenta años de aquella hazaña histórica, España ha cambiado. Aquella generación del 'baby boom' de los sesenta ha dado lugar a otra. Ha dado lugar a una generación de jóvenes nacidos en el seno de la democracia. De jóvenes menos juancarlistas. Y de jóvenes que critican, más que antes, el concepto de monarquía. Que critican la transmisión sanguínea del poder y el coste económico de la realeza. Una parte de tales jóvenes clama el republicanismo como forma de Estado. Clama una Tercera República -de derechas o de izquierdas- donde el elegido surja de la soberanía popular y no de la herencia genética. Más allá de la presunción de inocencia de don Juan Carlos, hay una duda en los mentideros callejeros. Una duda sobre si la España de hoy sigue pensando como la de ayer. Si los jóvenes de la Transición piensan como los hijos de la consolidación democrática. Y esa duda solo se despejaría con un referéndum. Un referéndum vinculante que ajustara los hechos al Derecho.