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Matías Vallés

Al azar

Matías Vallés

Kamala va de presidenta

Se hablará largamente de la semana de agosto en que retumbaron las voces de Cayetana, Kamala y Corinna, tan distintas que es inevitable asociarlas. Exhibir la ambición es tan peligroso para un político como eructar en público para un ciudadano educado. El incívico Trump disolvió el reglamento de la urbanidad, y el aletargado Jo Biden debe ser el único ser humano o asimilable que confía en que su designada como número dos tenga previsto confinarse en la vicepresidencia. Kamala irrumpe en la carrera con todo el ímpetu reprochable en quien solo compite por un papel vicario.

Los Demócratas porfían para sustituir la central nuclear de Trump, siempre al borde de la explosión, con la figura decorativa de Biden, que es jarrón chino antes de ser nombrado. La extraordinaria dramatización de Obama pretendía convencer a los votantes remisos de que su vicepresidente fue decisivo en los ocho años en la Casa Blanca. Sin embargo, solo transmitió la evidencia de que no necesitaba un adjunto, y de que no lo tenía. No importa, porque la intrépida Kamala va de presidenta, ocupa todo el espacio que la contiene sin dejar hueco para la subordinación que en teoría le corresponde. Ejercerá también de número dos, sin descuidar sus funciones como número una siempre que el coronavirus le niegue una tregua y una prórroga a Trump.

Es duro llegar cada día al Despacho Oval temiendo que haya sido ocupado por tu vicepresidenta, pero también es importante confirmar que hay alguien vivo en el tiquet Demócrata. En la hipótesis de que las elecciones americanas se enfoquen como un rechazo a Trump con victoria de sus enemigos, al día siguiente se pasaportará a Biden a la suite presidencial del hotel Emirates Palace, vecina de la suite real ocupada por Juan Carlos. La salvación del planeta depende de Kamala, aunque tiene suerte de que Cayetana y Corinna no puedan presentarse a sus elecciones.

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