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Un inicio de curso inquietantemente raro

Se acerca un extraño inicio de curso. Los niños y niñas ansiando volver al colegio y encontrarse con sus amigos. Los padres deseando recuperar la normalidad perdida, pero preocupados por la situación. Los maestros cargados de inquietud ante la demanda social y el riesgo de abrir las escuelas. Las autoridades académicas dictaminando normativas cambiantes. La opinión pública poniendo la mirada en las escuelas con un énfasis que nunca se había dado con anterioridad.

Y es que, lógicamente, hay una inquietud generalizada ante esta enfermedad que nos acecha, ante la posible repetición del aislamiento, la incertidumbre, el dolor, e incluso la muerte. O sea, que «por debajo» de esta situación que padecemos, lo que aparece es un miedo real a que enfermen los niños, a que se contagien los mayores, a que los padres no puedan trabajar y proteger a sus hijos, a que los maestros no logren que los niños aprendan y evolucionen adecuadamente.

Los maestros estamos tan inmersos en lo que ocurre como todas las demás personas, y tenemos los mismos miedos y los mismos sentimientos de desprotección, pero la sociedad nos ha pedido que estemos alerta y abramos nuestras escuelas para recibir a los niños. Y así lo haremos, los atenderemos, los acompañaremos y haremos sitio a sus deseos, necesidades e ilusiones, además de intentar cumplir con los programas escolares. Demandas no nos faltan.

Hoy a cualquier persona se le permite reconocer su ignorancia y sus limitaciones ante este peligro tan real, como desconocido para todos. Pero curiosamente, a los maestros no tanto. Al revés, se nos piden una serie de cosas no demasiado sencillas: que tengamos una preparación en estrategias pedagógicas tan completa que podamos atender con eficacia a los niños en versión presencial y en versión virtual. Que seamos capaces de organizar un lugar seguro emocionalmente para los niños que salen por primera vez de sus casas y han de adaptarse a la escuela infantil. Que tengamos un carácter tan equilibrado que podamos mantener una actitud tranquila y una serenidad contagiosa€ Me pregunto de dónde sacaremos fuerzas para tantas maravillas.

¿Cómo lograremos mostrar confianza si estamos llenos de dudas? ¿Cómo saludaremos cada mañana con una sonrisa de acogida, si tenemos que tomar la temperatura y dar entrada (o despedir) a los que tengan algunos grados de más? ¿Cómo conseguiremos que el ambiente de la clase esté relajado si hemos de andar recordando las distancias y los lavados de manos? ¿Cómo haremos para que los niños estén bien de salud, contentos y con ganas de aprender, si no podemos actuar con naturalidad en nuestras comunicaciones? ¿Cómo podremos conseguir sustitutos para los profesores que tengan que quedarse en casa por tener fiebre, o porque la tengan sus hijos? ¿Cómo encontraremos tiempo para preparar las clases, supervisar la desinfección, anotar las observaciones, comunicarnos con las familias, reflexionar y formarnos?

Comentando con otras maestras, detecto su buena voluntad y sus ganas, pero también sus inquietudes y su preocupación. Hablan del excesivo peso de su responsabilidad, del miedo a no responder a las expectativas, de los problemas de infraestructura en los espacios de sus escuelas, del cambio continuo en las normativas, de las contradicciones en las demandas, como pedir que se bajen las ratios o se hagan turnos dobles, sin prever dotaciones económicas para poner más personal.

Estas cosas que digo aquí no son ni quejas, ni reivindicaciones. Tampoco buscan aplausos, ni responden a actitudes cómodas o temerosas. Las digo porque me parece que el tema es suficientemente significativo y puede evitar exigencias que en nada beneficiarían la dinámica de este delicado momento. Vivimos una situación insólita y los maestros, por mucho que lo intentemos de todo corazón, no lo vamos a tener fácil en este inicio de curso inquietantemente raro. Por eso será preciso que nos sintamos comprendidos y apoyados en nuestro trabajo, tan hermoso como complejo.

Si no estuviera jubilada y tuviera que trabajar este septiembre en la escuela infantil, haría como harán todos los maestros: inventarme las maneras. Primero leería las indicaciones de las autoridades y estudiaría el grupo para conocer sus características. Luego pondría unas mesas en el patio para hacer todo lo posible en el exterior y prepararía la clase bien bonita, teniendo en cuenta las precauciones a tomar. Buscaría músicas, poemas y cuentos, pensaría escenas teatrales para ser representadas por los niños y prepararía juegos de todo tipo, aunque tuviera que utilizarlos por grupos y limpiarlos antes de un nuevo uso. Además me proveería de abundantes elementos naturales, como: piedras, hojas, semillas, plumas, minerales, algún animal fácil de cuidar, (pez o pájaro), y unas macetas vistosas, porque ahora más que nunca la vida ha de lucir en nuestras aulas.

Seguramente inventaría un signo para saludarnos que incluyera un contacto corporal no problemático y algún gesto gracioso que simbolizara la alegría de estar juntos, buscando complicidad y broma con los niños. También haría un simpático ritual que nos llevara a realizar los lavados de manos o la colocación de las mascarillas canturreando y sin seriedades excesivas. No podría dejar de tener en cuenta el interesante asunto de las distancias aconsejables, así que trabajaríamos con el metro, midiendo entusiasmadamente todo lo que se nos pusiera a tiro.

Los primeros ratos me dedicaría a mirar a los niños, a cantar y bailar con ellos y a preguntarles por sus vidas y sus milagros. Después me quejaría del virus y les invitaría a hablar y a dibujar sobre el pasado tiempo de confinamiento. Cómo se sentían, qué hacían, qué pensaban y qué harían ellos con el virus si pudieran pillarlo. Es decir, les ofrecería música, relatos, conversaciones, juego y posibilidades de fabular, crear, imaginar, curiosear y aprender, intentando lograr una escuela alegre y a la medida de los niños. Una escuela quizás parecida a la que cada maestra probará a crear para sus alumnos. Comprender esta tarea ya será un buen apoyo.

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