Leía en la prensa que el Consell de la Generalitat Valenciana ordenaba el cierre a la una y media de la madrugada de los locales de ocio, y en vez de alegrarme me indignó que la medida no hubiera sido el cierre total. Pero justo en ese momento, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, anunciaba -por fin- medidas como la prohibición de botellones, fumar en la calle a menos de dos metros de otras personas, y el cierre de los locales de ocio nocturno en todo el país. Resultaba kafkiano que mientras los centros docentes permanecían cerrados por razones de salud pública, se permitiera abrir bares de copas, discotecas y salas de baile, locales atestados de jóvenes apretujados, sometidos a la desinhibición que provoca el alcohol (y lo que no es alcohol), dando rienda suelta a unos impulsos primitivos que han sido causa de muchos rebrotes de la covid-19. Consideremos que en el perfil de los nuevos contagiados destacan los jóvenes asintomáticos con carga viral y que no siguen las normas impuestas.

? ¿Cuándo se nos fue de las manos? Fue contradictorio trasladar a la opinión pública la preocupación de que la campaña turística estival de 2020 fuera lo más normal posible, cuando los datos apuntaban a que estaba condenada a la crisis económica del sector. Eso sí, a no ser que priorizáramos la economía por delante de la salud y nos arriesgáramos a perder lo que habíamos ganado con el confinamiento, máxime cuando muchos bajaron la guardia, confiados en la utopía de una nueva normalidad que de normal tendría bien poco en comparación con los criterios de normalidad previos a marzo.

Nos vimos -y nos seguimos viendo- ante la anormal situación de que en los centros de salud y las consultas externas hospitalarias se atendiera telefónicamente a los pacientes y se cancelaran exploraciones complementarias programadas en detrimento del seguimiento de los pacientes crónicos. Y mientras el personal sanitario daba de sí lo todo que podía hasta quedar exhausto, un elevado porcentaje de la población descuidó la prevención y sólo pensaba en el momento de ir a una terraza a tomar una cervecita o dónde ir de vacaciones. Y claro, el resultado se ha materializado en una ola de rebrotes.

? ¿Qué hemos hecho mal? ¿De quién ha sido la culpa? En un principio, nunca se debió alimentar la fantasía de que con el verano vendría un paréntesis de vida normal hasta que llegara una segunda ola en otoño, brote que sería fácil de controlar porque nos cogería ya preparados y a punto de disponer de una vacuna. Ante esta quimera, el Gobierno y los medios deberían haber reaccionado con una campaña informativa dura y realista informando a la población de que seguíamos en peligro; que este año no habría vacaciones normales; que nada sería como antes mientras el coronavirus siguiera en la calle, en la respiración del vecino del autobús, en las barandillas de las escaleras o en el botón que pulsamos en el ascensor. Sin embargo, sucedió lo contrario y la población recibió mensajes subliminales -bienintencionados, no lo dudo- en un fallido intento de insuflar ánimos tras el esfuerzo del confinamiento. Los buenos datos previos al plan de desescalada propiciaron una sensación irreal de vuelta a la normalidad, y fue entonces cuando comenzaron los mensajes contradictorios.

? ¿Lo ha hecho mal el Gobierno? Tal vez sí en algunos aspectos, pero estoy convencido de que no peor que lo habría hecho un gobierno presidido por cualquier otro líder (por ejemplo, Pablo Casado bajo la supervisión de Vox). Sencillamente fue necesario rectificar demasiadas veces, porque el coronavirus era (y lo sigue siendo aún) un perfecto desconocido que obligaba a cambiar de estrategia en función de la evolución de la pandemia. Y en epidemiología, como sucede en otras disciplinas sometidas al método científico, la sistemática de actuación obedece a la metodología de la prueba-error.

Aunque no es mi intención politizar este artículo, me es difícil silenciar la estrategia de acoso y derribo que ha adoptado la oposición cada vez que el Gobierno se equivocaba y tenía que rectificar. Ha sido una deslealtad criticada por la prensa internacional al ser palmario que errores los han tenido todos los gobiernos de todos los países al verse afectados por una pandemia de impredecible evolución, que ha obligado a cambiar de estrategia conforme se obtenían nuevos datos.

Sinceramente, ignoro si los responsables de la nave del país son buenos o malos gobernantes, sencillamente porque aún no han tenido tiempo ni ocasión de gobernar. A Pedro Sánchez y a su Ejecutivo les cayó un marrón de mucho cuidado cuando pocas semanas después de tomar posesión de sus cargos tuvieron que enfrentarse al mayor desastre que ha sufrido España desde la Guerra Civil. Pero me consta que desde el minuto cero han intentado controlar la pandemia y que hacen lo que buenamente pueden. Por ello, lo ético, lo patriótico, sería ayudarles (recordemos la ejemplar postura de la derecha en Portugal) o al menos no obstaculizar su trabajo y adherirse a su denuedo. A quienes disfrutan atacando al «gobierno social-comunista» les pediría moderación, contención y que no consideren al Ejecutivo como una manada de sádicos que quieren perjudicar a sus compatriotas. Tampoco, salta a la vista, son una panda de incompetentes, al menos eso opinan los organismos internacionales.

En otro orden de aconteceres, considero que hay que ser duro sancionando a quienes no acatan las normas, trivializan la pandemia, se niegan a ponerse mascarilla, celebran fiestas abarrotadas y actúan como si fueran inmunes a la covid-19. Hay que dejar claro a esos irresponsables que en algunos aspectos hemos retrocedido a la situación de marzo, y hasta es posible que lo peor aún no haya llegado.

Ruego igualmente a todos que reflexionen sobre la vuelta al colegio de nuestros pequeños dentro de diez días. Que consideren la incertidumbre que esto crea en los padres y madres, mientras hay insensatos que protestan porque les han cerrado los locales ocio. El Gobierno no es un dictadura caprichosa que impone órdenes y nos obliga a utilizar bozales (léase mascarillas) para tenernos controlados como ellos propagan. Ni mucho menos.

Ya por último, sería ideal poder aparcar las diferencias y la política combativa, y asumir que vivimos en un estado de emergencia. Tengan paciencia quienes quieren sacar tajada del 'cuanto peor, mejor'. Se trata sólo de esperar a la próxima comparecencia en las urnas. Tomen todos notas por favor: ¿por qué no intentan colaborar las dos Españas en beneficio de la salud pública -quienes me siguen, saben que escribiría lo mismo gobernara quien gobernara- y dirimen sus diferencias cuando se amansen las turbulentas aguas que atravesamos?

Quienes desde la oposición censuran la gestión de la pandemia al Gobierno, llevarán razón algunas veces, puede que muchas, pero tengan al menos la tranquilidad de que nuestro presidente no es un personaje peligroso. Y aunque no sea el líder del país más rico del mundo, es un político respetado y elogiado en los foros internacionales, no un demente que propone ideas como inyectar desinfectante a los enfermos de la covid-19, o anima a los ciudadanos a tomar comprimidos de hidroxicloroquina porque ha «oído muchas cosas buenas» acerca de ese medicamento.