Se dice que una crisis como la actual cambiará las cosas, habrá un antes y un después. Pero vamos a dejarlo claro: las crisis han sido aprovechadas de una manera u otra para reforzar las élites. Desde el ámbito sociocultural que impregna nuestra sociedad de manera hegemónica desde los años 60 del siglo XX toda crisis ha sido abordada como «una oportunidad» y así nos lo repitieron insistentemente en la crisis económica de 2008 que conforma la base económica que subyace en la agudización de la crisis producida por la pandemia.

Una crisis sustituye a otra, o en cierto modo es continuidad agravada. Y en ellas se pone en evidencia una realidad incuestionable: nuestra débil capacidad económica, nuestra infradotación de recursos, la desindustrialización, la dependencia económica y un endeudamiento agobiante gravemente condicionado.

Pensemos en cómo los ideólogos del neoliberalismo siempre han insistido en lo mismo: «Toda crisis debe ser aprovechada». Y para hacer posible el predominio del interés particular del negocio frente a lo común, han potenciado en todos los ámbitos el desarrollo de una conciencia social que así lo permitiera.

Años de abandono de lo común, consecuencia de la elevación a los altares del dios de la 'eficacia' privatizadora, requería la conversión de los individuos en seres heterónomos y por ello el fomento del egocentrismo como esencia del comportamiento humano y de ahí, la satisfacción del deseo inmediato como base del consumismo, como elemento esencial, como un valor de mercado.

En este marco ideológico, sutilmente generalizado, que transmite sensación de normalidad y racionalidad, se confronta lo común a la libertad del individuo. Y adquiere, por tanto, todo su sentido la célebre frase de Margaret Thatcher: «La sociedad no existe».

Visto el marco en el que vivimos, determinadas actitudes personales que tienden a identificarse como actos de rebeldía contra las decisiones adoptadas por los poderes políticos, en realidad no son más que expresión vívida del componente ideológico que potencia el sistema actual.

Esta supuesta rebeldía se convierte en un acto de insolidaridad cuando hablamos claramente de las normas que deben ser respetadas por el bien común en una situación como la actual, de pandemia.

Resulta, pues, imprescindible profundizar en las razones últimas que producen esta situación. Confrontar valores, éticos y morales que recuperen los cimientos de lo que debe ser una sociedad conformada para beneficio del conjunto de la ciudadanía.

Una sociedad donde se potencie la autonomía de las personas como esencia de su libertad para participar de la cosa pública, en todo lo que nos concierne, y ser así capaces de regular el bienestar social, volviendo así a poner en valor el poder de la política.