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La suerte de besar

Ternura

Mi vecina de enfrente enviudó hace un año. Ella y su marido eran de esos matrimonios que lo hacían todo en pareja. Caminaban, tomaban el fresco e iban a misa juntos. Estaban tan compenetrados que, incluso, se parecían físicamente. Desde que falleció, sus hijas y nietas la visitan varias veces al día. Hablan con ella y supervisan su bienestar. La hija pequeña, al despedirse, le recuerda el tamaño de la pastilla desde la puerta. Hoy toca media. Cuando se queda sola pone en marcha la televisión. Desde mi casa escucho con claridad la Santa Misa y los informativos. Muchas tardes veo cómo riega las plantas del balcón. Lenta y segura. Mi abuela también cuidaba sus geranios. Si pasabas por su lado mientras quitaba las hojas secas, compartía su orgullo por unas flores tan rojas y fuertes que habían superado varias plagas de bichos. Hasta casi el final se encargó de sus plantas y hoy lo hacemos nosotros. Mi perra intentó comerse un brote a principios de verano y casi la envío a un correccional ipso facto. Desde entonces, ni se atreve a mirarlos cuando pasa por delante.

Pienso en la ternura e imagino una brecha. Es ver a alguien hacer algo, expresarse o comportarse de una manera determinada y abrirse un pequeño resquicio por el que entra el pellizco en el estómago. Es algo sutil. No hay un patrón. Cuando mi tío favorito viene a cenar a casa siempre trae algo, porque sí. Es un hombre con las prioridades bien definidas y que llega con un trozo de sobrasada, unos tomates, varios higos, una botella de aceite o de vino y, sin más, deja la bolsa sobre la mesa. Él cuida a las personas, pero lo hace discretamente. Tengo una amiga que sintió profunda ternura por su marido la última vez que le vio desnudo. Le pregunté si era por la falta de costumbre de verle en determinadas circunstancias, pero el motivo de su ay profundo fue descubrir que había puesto un poco de pecho. De pechos, para ser precisos. De repente, le vio mayor, pensó en el paso del tiempo, recordó los buenos momentos y sintió un algo en el estómago. Desde entonces, se ven desnudos a menudo. No hay que subestimar el poder de la ternura a la hora de prender la mecha nuevamente.

Un señor octogenario llega a la playa diariamente con su sombrilla y silla plegable. Se sienta cerca de la orilla y observa. No lee, no mira el móvil y tampoco nada. Una niña que jugaba a su lado le preguntó que por qué no se bañaba. Él respondió que a su edad solo le interesaban los afectos y que se dedicaba a observar y a cazarlos al vuelo. Señaló a un chico que untaba de crema la espalda de su madre y a unos abuelos nadando con sus dos nietos. No sé si la niña lo entendió, pero a mí me dio una lección. Hay que saber mirar, escuchar y estar atenta a los detalles para que no se nos escape nada. Siempre que veo un macetero con geranios pienso en mi abuela y me pregunto si mi vecina de enfrente necesitará algo y siempre que veo a un hombre con sobrepeso pienso en mi amiga y en su nueva etapa de amour fou.

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