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Conocer para amar, amar para proteger

El concepto "procomún", inspirado en el término anglosajón "commons", hace referencia al cuidado, puesta en marcha, protección y revalorización de los recursos, tanto materiales como inmateriales, que nos pertenecen a todos como comunidad. El uso y disfrute de estos bienes solo debe ser limitado atendiendo a su protección, siempre tratando de establecer ese difícil equilibrio entre esta y el desarrollo efectivo de la comunidad a través de la participación activa en su desarrollo y puesta en marcha. Así, y para que una sociedad se convierta en un conjunto de seres humanos empáticos y solidarios, se hace imprescindible dar forma a un sistema de valores y creencias que constituyan la base esencial de la personalidad de cada ser humano. Solo a partir de ellos podremos establecer y potenciar una sociedad reconstructora que impulse una actividad pública formada y analítica.

Fortalecer la formación ética de los ciudadanos, favorecer su capacidad de análisis y respetar su libertad de acción y expresión son cruciales para caminar hacia una sociedad sostenible a largo plazo. Todo ello se encuentra inexorablemente vinculado al concepto de cultura, imprescindible para favorecer la construcción de identidades tanto individuales como colectivas. De este modo, debemos cuidar lo "procomún" y administrar nuestro patrimonio con sabiduría y generosidad, favoreciendo el desarrollo de instituciones que inspiren la elaboración de planes y políticas que impliquen, a largo plazo, un mayor impulso de la cultura.

En periodos de incertidumbre, los cambios culturales y el desarrollo de conflictos éticos y morales suponen modificaciones también en el ser humano. La inmigración, por ejemplo, ha transformado a España en un país de acogida donde se exigen nuevos modelos de convivencia y de gestión de la diferencia. La aparición de una sociedad multicultural en la que el concepto de "procomún" se ve ampliado requiere de un proceso de diálogo para lograr establecer estrategias colaborativas. Además, otro de los aspectos que influyen sobremanera en el cuidado de los recursos que nos son compartidos es el de la esperanza de vida y la convivencia de generaciones a las que separa una amplia franja de edad. La aparición de una "sociedad de edades" ha abierto enormes brechas entre generaciones, con criterios, opiniones e intereses muy diferenciados entre sí. Nuestros mayores han vivido experiencias personales que han contribuido a su autorrealización y autonomía mientras que los jóvenes se encuentran inmersos en un mundo donde la inmediatez, el universo de la cultura móvil, el culto a la belleza, el "tener" más que el "ser" y el desarrollar actividades lejos del "control" del adulto se han convertido en tendencias polarmente opuestas a las anteriores.

Encontramos así enormes cambios, pero también algunas permanencias. Lo diferente no debe ir vinculado a un concepto negativo o de inferior valor. Y en lo que a prácticas culturales se refiere, en la mayoría de los casos suponen una acumulación de factores combinatorios que favorecen el desarrollo personal y colectivo del individuo.

El capital cultural y educativo junto a los recursos naturales supone una gestión de los mismos colaborativa que genere compromiso y confianza entre todos nosotros. Del mismo modo, existe también un "procomún" intangible, conformado por valores, afectos, actividades, actitudes, comportamientos, que se centra en cuidar y cohabitar con otros y con la naturaleza. El ser humano solo defiende lo que ama y para ello debemos iniciar un nuevo proceso de alfabetización, elevando, tanto la ciencia como la cultura, a una superior categoría de admiración y respeto.

Transformar lo que nos preocupa en bienes y conocimiento que pueda favorecer al conjunto de la sociedad es una tarea colectiva. Pero, para definir qué es lo que debemos cuidar será necesario el consenso. El respeto a los mayores, el honrar a nuestros progenitores, el vivir en armonía con la naturaleza salvaguardando sus recursos y el actuar de forma generosa, sin egoísmos que nos debilitan y nos evidencien, serán algunos de los "procomunes" inmateriales más sólidos a salvaguardar.

La conservación de nuestro patrimonio cultural, consecuencia directa de la historia e identidad de los pueblos, requerirá también de estrategias comunes que deberán comenzar por nosotros mismos, para continuar en la propia comunidad y finalizar en el conjunto de instituciones que enfaticen y colaboren en la puesta en marcha de esta magna tarea. La reivindicación del valor del patrimonio y de la experiencia estética ha de nacer de un profundo conocimiento, respeto y amor por nuestros orígenes pues, del mismo modo que sólo se defiende lo que se ama, solo se ama lo que se conoce y se admira. Quizá el problema estribe en que no conocemos nuestro patrimonio, nuestra historia, nuestra identidad. Y por eso somos incapaces de gestionar con sabiduría su inmenso potencial, dejado en manos de otros lo que es, por derecho y deber, obligación de todos nosotros.

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