04 de septiembre de 2020
04.09.2020
Levante-emv
Tribuna libre

Anomalías estivales

04.09.2020 | 20:38
Anomalías estivales

El verano de 2020 ha sido, es, anómalo afirman los medios de comunicación. ¿En qué sentido? Uno resulta evidente: la progresión de la temperatura acumulada durante décadas, signo evidente de los efectos del cambio climático. No sirven las explicaciones de los enterados ni de ultras negacionistas.

Ocurre que el clima va por su cuenta mientras otras preocupaciones ocupan los intereses y los objetivos de un reducido grupo de actores a quienes no inquieta el desolador horizonte del planeta, esto es, de nuestro hábitat más cercano, nuestras montañas, ríos, o el cotidiano gesto de tirar de la cadena o abrir el chorro de la ducha.

Anómalo. Se nos dice que en nuestro país hay setenta mil ricos adicionales y setecientos mil pobres más. Crece la desigualdad. Los ricos anteriores han incrementado sus arcas. Todo ello en medio de una crisis sin precedentes que, como siempre, afecta a los más vulnerables.
Una secuencia que tiene antecedentes históricos. En el Mediterráneo tan próximo: sequía, hambruna, peste, guerra, retroceso. Unas minorías engrosaban sus beneficios con la especulación sobre la muerte: de los alimentos a los remedios, con el resultado de la simple liquidación de los 'excedentes' demográficos, los menos valiosos para sus objetivos. Nada nuevo.

Salvo que en el siglo XXI la desnutrición es un insulto, y no solo afecta a lo que nos anuncian en las pantallas de televisión o teléfonos móviles. Causa estragos en nuestros barrios y ciudades. La vulnerabilidad, letal, sobre los mayores o sobre las capas sociales más desfavorecidas debiera ser mostrada para escarnio de la ostentación de la riqueza y vergüenza de las instituciones que dicen contribuir a evitar los efectos de esta desigualdad creciente.

Anomalías detectables, evidentes y evitables de un sistema que ensalza las 'virtudes' del enriquecimiento, que condena a los perdedores como causantes de su desgracia. Un relato acelerado desde los años ochenta del pasado siglo: el medio ambiente, la salud, la educación, los servicios sociales, solo tienen sentido si producen beneficios, por supuesto que privados.

La cosecha estival es pródiga, nada anómala. Ante una crisis sanitaria de dimensiones planetarias, respuestas locales, de los Estados, de la misma Unión Europea, de las autonomías y los municipios. Las investigaciones científicas, imprescindibles, por supuesto, financiadas por los contribuyentes en todas partes. De un lado en la formación a expensas públicas de los investigadores, con recursos públicos la investigación básica. Los beneficios privados, de Estados Unidos al Reino Unido, a la hasta ayer ensalzada Corea del Sur, o a España.

Prodigalidad que contrasta con la dispersión de los esfuerzos, en una insensata carrera que tiene más en cuenta la desgracia ajena de este o aquel territorio o país, que la propia que a toda la humanidad afecta.

En nuestro caso, la clamorosa discusión de las competencias entre la Administración General del Estado y las diversas autonomías, todas –desde 1986 o incluso antes– depositarias de las relativas a la salud, a la educación y a los servicios sociales. Al igual que rehuyeron en los más de los casos la corresponsabilidad fiscal –siempre es ingrata tarea reclamar la contribución de los ciudadanos–ahora algunas pretenden una recentralización encubierta de reproches ante un gobierno de coalición de signo progresista.

Por cierto, irónicamente desde experiencias compartidas con responsables políticos: todo gobierno, estatal, autonómico o local, es una coalición entre el o la responsable de Hacienda y el resto de los componentes del órgano colegiado, con la única capacidad dirimente del o la presidente/a o alcalde/alcaldesa.

Si no mediara la tragedia humana del contagio y la exclusión, constituiría el mejor de los esperpentos de unas élites extractivas, políticas y sus imprescindibles cómplices beneficiarios.

Cómplices que se autodefinen como sociedad civil, como si el resto de los ciudadanos fuéramos idiotas, tanto en el sentido clásico como en el corriente. Imbéciles sin criterio, que ellos tienen el suyo: cuando los beneficios no son lo pingües que esperaban se convierten en pedigüeños del Estado del que renegaban, de las administraciones que querían menguantes, meros estorbos imprescindibles para afirmar que la política es un mal menor, cuyo coste ha de reducirse y que cualquier gestión privada resulta mejor.

Como ejemplo, las residencias de ancianos, la medicina privada, la educación selectiva, reservada a la descendencia de tantos y tantas próceres, voceros hasta ayer mismo de la privatización a toda costa, de los recortes a los sistemas públicos subsistentes.

Al mismo tiempo, unas instituciones anquilosadas, carcomidas por el virus franquista resistente a la democracia, renuentes a cualquier cambio en sus todavía privilegiadas posiciones. Ganaron respetabilidad y aprecio ciudadano, tal las fuerzas armadas y sus misiones internacionales, tal la judicatura poniendo en su lugar a algunos, pocos, delincuentes de cuello blanco. Unos pretendiendo la exclusividad del patriotismo, otros mediante autos y sentencias que con frecuencia, tarde por supuesto, sus mismos colegas supranacionales no solo detestan, sino que anulan. Los miembros de estas instituciones, ¿reúnen todos las condiciones aquí descritas? Por supuesto que no. Aparecen como mayoritarios y nadie sale al paso situándolos en el lugar que les corresponde en una democracia homologada, producto de una sociedad madura, plural.

Causa estupor cuando no repugnancia escuchar a algunos dinosaurios, que sacudido el bien cuidado y retribuido caparazón fósil, se apresuran innecesariamente a proteger a algún gañán truhanesco y gentes de la peor calaña del régimen desaparecido, si no del todo en buena parte. Un cambio al que ellos mismos contribuyeron. Ignoramos porqué acuden al rescate de quienes no merecen más que la condena pública, y por supuesto judicial, aunque no sea la española como debiera, tal como hemos visto exigir a título ejemplar en la antigua Yugoslavia.

De anomalías, nada. 'Vieja normalidad' del sistema, con la consiguiente sacralización dogmática de sus bondades. Un fallo temporal, para una vuelta a lo de siempre, acrecida por lo que será una pronta recuperación del pasado: enriquecimiento sin límites y empobrecimiento ilimitado de la mayoría.

En fin, aumentan los asesinatos de mujeres. El cambio de nombres, violencia machista o familiar, no altera el trágico producto. Tampoco constituye anomalía estival.

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