Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Tierra de nadie

Desamparo

«Los dioses no estaban ya y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en el que el hombre estuvo solo».

A menudo me viene a la memoria la célebre frase de Flaubert que describe la transición entre el ocaso de las divinidades paganas y la llegada del cristianismo. Un intervalo despojado de seres supremos.

Ahora también estamos solos.

En otra época, para defendernos del virus, se habrían elevado al cielo plegarias, novenas, rosarios, se habrían realizado procesiones y sufragado misas. Pero nadie, en las actuales circunstancias, mira a Dios. Hasta el papa parece esperar más de la ciencia que de la religión. Impresiona ver la plaza de San Pedro vacía porque ese vacío metaforiza el que llevamos dentro cada uno. Estamos desamparados frente un patógeno que ni usted ni yo ni el vecino de enfrente hemos visto porque es invisible, pero de cuya existencia no dudamos.

Desamparados.

Hacemos rogativas a los virólogos, pero los virólogos necesitan su tiempo. Los virólogos no son dioses. No es que los dioses se ocuparan en otro tiempo de las pandemias, está demostrado que no, pero creíamos que sí, que podían hacerlo y moríamos en esa creencia. Morir creyendo, por alguna razón, consuela más que morir descreyendo. Cuando al párroco del barrio le preguntas por la existencia del mal, tartamudea. Es un misterio, dice al fin, que Dios lo permita. Y te mira con gesto de impotencia.

También los curas están solos. El mismo Jesús, en la cruz, pronunció aquella frase enigmática: «Dios mío, por qué me has abandonado». ¿Cayó en el ateísmo momentos antes de morir? Los teólogos llevan siglos dándole vueltas al asunto sin alcanzar conclusión alguna. A veces, por la noche, en la cama, imagino al sumo pontífice asomándose al balcón que da a la plaza de San Pedro como el que se asoma a un vacío existencial insoportable. Después recito para mis adentros la cita de Flaubert con la que comenzaba estas líneas y siento en mí la soledad y el desamparo de toda mi especie.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats