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Una de las primeras informaciones que han circulado sobre el nuevo director de la cadena británica BBC, Tim Davie, es que ha prohibido a sus periodistas que viertan sus opiniones en las redes sociales. La noticia es en especial importante porque la BBC, aun siendo una empresa pública y, por tanto, en manos del Gobierno del Reino Unido, es tenida por un modelo de independencia e imparcialidad que ya querríamos para nuestra radio y, mucho más aún, para nuestra televisión.

Por primera vez, pues, y desde una tribuna de tanta altura como es la dirección de la BBC, se pone de manifiesto la distancia gigantesca —si no se trata de la contradicción— que existe entre periodismo y redes sociales. En buena medida, gracias a iniciativas como la que ha tomado Davie. Los principales medios de comunicación que existían antes de que Internet hiciese crecer a las redes sociales se caracterizaban porque un director o un reducido comité de dirección se empeñaba por mantener en su grado más alto la credibilidad del periódico o de la cadena; una credibilidad que pasa por mantener un compromiso ético frente a los lectores o los oyentes: el de la fidelidad informativa que obliga, por ejemplo, a distinguir de forma clara entre información y opinión y a precisar el grado de confianza que merece cualquier noticia. Con las redes sociales pasa lo contrario. Han sido el caldo de cultivo para las llamadas fake news y no sólo no garantizan en absoluto la fiabilidad de lo que aparece en ellas sino que, con frecuencia, se utilizan para lo contrario. ¿Hará falta recordar el uso que hace de Twitter el presidente Trump de manera consciente e interesada?

Pero quizá lo más interesante de la prohibición establecida por el nuevo director de la BBC sea que alcanza a la materia opinable. ¿Por qué razón habría de impedir que sus periodistas lanzasen opiniones personales utilizando cualquier medio? La respuesta es obvia: por la sutil frontera, casi inexistente, que puede llegar a darse entre información y opinión. Con cierta frecuencia las columnas de opinión pretenden convertirse en generadoras de noticias y, a título de imagen especular, cabe hacer opinión incluso por medio de las fotografías que ilustran cualquier portada.

Si el director Davie ha declarado en realidad la guerra a las redes sociales es porque la batalla feroz entre periodismo y cotilleo mediático se estaba dirimiendo ya antes de que tomase posesión de su cargo. Las redes sociales sólo siguen la ley de la selva, ignoran cualquier cautela ética y generan información cuya fiabilidad es nula. El deber del periodista es combatir ese mundo de engaños, por más que esté lejos de poder alcanzarse la victoria del periodismo sobre las redes sociales. De hecho, los medios de comunicación serios caen a veces en vicios propios de cualquier blog, chat o como se llame contribuyendo a fortalecer la inmundicia. Por suerte, la BBC vuelve una vez más a dar ejemplo dejando claro para qué sirve un director. Ojalá sepamos seguir la pauta.

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