No sé si Joan Fuster era muy aficionado a la Copla y a las canciones de Concha Piquer. Supongo que por tiempo histórico la voz de la tonadillera cantando los amores portuarios de Tatuaje o si a La Parrala le gustaba el vino, el aguardiente o el marrasquino, se le cruzaría más de una vez por ese altavoz imprescindible y balsámico que era la radio en los años de postguerra y siguientes. Por cultura francófona, veo más al ensayista disfrutando de los lamentos existencialistas de la señora Juliette Gréco o los exabruptos líricos de Jacques Brel. Tampoco me imagino a doña Concha Piquer teniendo al escritor de Nosaltres els valencians como su autor de cabecera. No tengo ni idea qué tipo de lecturas hacía la cantante allá en su piso de la Gran Vía madrileña. Me imagino que ya tendría bastante con haberse leído y estudiado las centenares de letras de canciones que pasaron por sus cuerdas vocales hasta su retiro en 1958 en el Teatro de Isla Cristina después de que le fallara la voz.

A falta de que algún dramaturgo futuro se atreva a crear una ficción dramática sobre el posible encuentro entre el ensayista y la tonadillera como aquella película, Insignificance, que imaginaba una reunión entre Marilyn Monroe y Albert Einstein, sí que coincidieron, junto a una notable nómina de ilustres, de homenots valencianos, en la portada que la revista Serra d'Or dedicó a Valencia, mejor dicho, al País Valencià, por obra y gracia de Joan-Antoni Toledo y el Equipo Realidad donde en lenguaje pop -herencia del Sergeant Pepper's de Los Beatles- la cubierta del magazín cultural reproducía la historia valenciana a través de sus «hijos» más destacados. El pop, con sus pocas manías o prejuicios estéticos, podía hacer ese milagro de unir en un mismo territorio gráfico al ensayista y la intérprete de la copla como había hecho el artista Richard Hamilton reuniendo al cuarteto de Liverpool con Edgar Allan Poe, Mae West y Bob Dylan.

Despues de más de cincuenta años de aquella portada de Serra d'Or compruebo que más allá de la imaginación y fantasía de los grafistas o pintores pop, intentar conciliar al señor Fuster y la señora Piquer en determinados sectores de la sociedad valenciana continúa siendo un sueño imposible como decía la letra de la celebrada canción del musical El hombre de La Mancha. Para cierta izquierda y aquí tampoco querría generalizar que luego todo se sabe, a la que añadiremos el sello de nacionalista, valencianista, almogàver, etc, Doña Concha sigue produciendo un cierto salpullido severo y eso que el recordado Manuel Vázquez Montalbán y otros que lo siguieron ya la elevaron a los altares de la santa progresía. Por su parte para nuestra derecha regional, popular y analfabeta culturalmente como Dios manda, el nombre y la obra de Joan Fuster sigue vagando por los Nueve Círculos del infierno dantesco. A Fuster ya lo mandaron a las llamas purificadoras en el franquismo y en el postfranquismo estuvieron a punto de volarle su casa con una bomba expedida por la extrema derecha. Para los discrepantes u objetores del canto de de doña Concha recomiendo, aparte de escuchar su discografía en Spotify, la lectura del libro del magistrado valenciano Juan Montero La Copla. Los años dorados: 1928 (Tirant Lo Blanch) que refiere algunas anécdotas curiosas sobre la relación entre la cantante y el franquismo. Nuestra derecha analfabeta culturalmente hablando podía comenzar por la lectura de los Aforismes del ensayista de Sueca que hasta se lee de un tirón.

De todas formas, intuyo que no es el mejor momento para desear unos mandatarios de derechas cultos e ilustrados. Tampoco es que la izquierda se desayune cada dia con un capítulo del Ulises de Joyce. Alfonso Guerra, que pasaba por ser de los pocos socialistas que se sabían de memoria la poesía de Machado, a la vista de sus progresos ideológicos en todos estos últimos años alguno diría que su próximo destino es presidir la Fundación FAES o acabar de tertuliano junto a su compañero José Bono. O ya, como mi imposible fantasía, preparando un potaje junto a Celia Villalobos en Masterchef.

No sé si el señor Trump habrá ido más lejos en sus lecturas de las páginas distinguidas de Playboy o los resúmenes económicos de sus negocios. Exhibir un cierto analfabetismo cultural me da la sensación que dejó de estar mal visto hace años. O al menos, no le impide a uno ganar las elecciones. O realizar un curso acelerado en corrupción administrativa. Por cierto durante el paréntesis que han supuesto estos meses de verano, me ausenté de estas páginas con Cayetana Álvarez de Toledo como la Agustina de Aragón de la oposición popular y vuelvo y me la encuentro hecha unos zorros y haciendo trabajos extra de youtuber.

Mañana domingo, 20 de septiembre, el Centre Cultural de la Beneficència acoge un recital y homenaje a varias voces al cantante Lluís Miquel. Allá por los años sesenta junto con el grupo Els 4 Z Lluís Miquel cantaba una emotiva versión en valenciano de la canción Marie, Marie que había popularizado Gilbert Bécaud. No sé si alguno de los participantes la cantará en el homenaje pero estaría bien rescatarla porque sigue estando de plena actualidad. Y además, es una composición llena de belleza.