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El gol de Iniesta

Esta semana he participado como extra en el rodaje de una película. No es la primera vez ni, seguro, será la última, que es lo que tiene rodearse de amigos 'raritos'. Mi escasa contribución al séptimo arte consistía en compartir sofá junto a otros intérpretes, acompañando al guapo protagonista en el tiempo, exactamente hasta la noche del 11 de julio de 2010. ¿A los más listos de la clase les suena la fecha? Quesito de deportes para los que hayan respondido que sí: la celebración del España-Holanda en Johannesburgo, Sudáfrica, en que la selección española conquistara su primer Mundial. Concretando aún más: el gol de Iniesta.

Repetíamos una y otra vez la escena para captar de todos los ángulos posibles nuestros pretendidos gestos de sufrimiento, emoción y después, exactamente en el minuto 116 de la prórroga, un grito y un abrazo compartido. Y será porque en estos tiempos que corren los abrazos se me hacen un elemento extraño -como las crestas de colores o las hombreras-, que me dio por pensar en que aquel partido fue uno de esos escasos momentos en que uno recuerda exactamente dónde estaba, qué estaba haciendo. Es más, entre tomas y tirando de memoria, volvieron momentos terribles: recuerdo dónde estaba cuando unos aviones se estrellaron contra las torres gemelas el 11-S; cuando recuperaban cadáveres entre escombros de trenes el 11-M; cuando soñábamos que no se cumpliera el asesinato anunciado de Miguel Ángel Blanco; cuando el coche en que viajaba Lady Di se estrelló en un túnel de París, pero ¿buenas noticias? ¿Había algún otro momento realmente colectivo que supusiera una alegría en lugar de partirnos el corazón en mil pedazos además de aquel gol de Iniesta?

Que el lector no se confunda: no me gusta el fútbol. O quizá es que no lo entiendo. No soy capaz de identificar a apenas futbolistas salvo, quizá, si aparecen repetidamente en anuncios de calzoncillos -¡vaya paradoja! Ahí sí les pongo cara-. No sé si podría recordar ningún otro partido que haya visto y sin embargo, tengo recuerdos clarividentes de dónde estaba cuando 'La Roja' -vestida de azul, eso sí, como le gustaba al generalísimo, que el rojo, de todos es sabido, es cosa de enemigos de la patria-, capitaneada por Iker Casillas y entrenada por el gentil Vicente del Bosque lograra, en el tiempo de descuento, volver a casa con la Copa del Mundo -que luego se le cayó a Sergio Ramos de un autobús. Lo recuerdo porque lo he visto en ropa interior-.

Otro 'Genial, venga va, repetimos' y los improvisados actores nos lanzábamos, a falta de balón, recuerdos de una calurosa noche de domingo de hace diez años: "¡La camiseta en memoria a Dani Jarque! Porque fue rival, pero sobre todo, amigo", "¡El beso, el beso de Iker Casillas a Sara Carbonero!" Compartía yo en voz alta y el gol me iba pareciendo, con la perspectiva del tiempo, aun si cabe, más terapéutico que entonces.

Tirando apenas un poco más atrás de los hilos de memoria, en 2010 España estaba sacudida por una crisis de la que, mierda, aún en 2020 no nos habíamos repuesto cuando nos caía la de ahora -abróchense los cinturones, que vienen curvas-: miseria e incertidumbre en un país que salía a gritar a las plazas porque eso aún era gratis, eso aún no estaba prohibido -más adelante también nos lo prohibieron-. Y, sin embargo, un gol, logró cohesionar por un rato una sociedad, más que dividida, fragmentada. ¡Ay, si el generalísimo levantara la cabeza! El fútbol había cumplido la ansiada función en los tiempos de dictadura de tener entretenidas a las masas y crear una sola identidad: la española, 'una grande y libre', aparcando -aunque fuera hora y media- los peligrosos regionalismos. El balompié -el generalísimo no gustaba de colores antipatriotas ni anglicismos- tenía ese no sé qué que hacía las veces de nacionalizador. Y en aquel Mundial de Sudáfrica, en el 2010, la crisis seguía siendo la misma, pero todos, por un rato, olvidamos los conflictos y un brote de patriotismo recorrió el país por sus cuatro esquinas, pero las banderas en los balcones eran inocuas: eran banderas y no escondían segundas -y oscuras- intenciones.

Lo que son las cosas: un hombre dulce de Albacete, que jugaba en el Barça, se convirtió en el héroe que unió España allá por Johannesburgo en un solo grito de gol. E hizo tanto bien aquel grito porque había en él muchas otras cosas que no se veían: rabia contenida, dolor presente y futuro, pero también ese alivio al comprobar que aún nos queda la esperanza, que hay sueños que se cumplen y cuánto mejor si son compartidos. Terminamos el rodaje y nos fuimos, como procede, a tomar algo para celebrarlo, que nos sobran los motivos. Pero al saltar de la ficción a la realidad, nos aguardaban las distancias, las mascarillas, las calles de la ciudad fantasmalmente desiertas€ Y me di cuenta de lo faltos que estamos de un poco de 'esto': de un buen beso de Casillas y Carbonero o, por favor, es asunto urgente: que alguien nos envíe un gol de Iniesta.

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