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La plaza y el palacio

¿Otro 98?

Observo los titulares de prensa con aprensión. Porque claro que las cosas van muy mal. Pero ¿tan mal como para convertir cualquier suceso en un fragmento del fin del mundo? Perdonen la parodia, pero es posible que encuentre hoy mismo un titular similar a este: "Un niño estornuda. ¿Qué espera el Conseller para tomar medidas? ¡Dimisiones ya!" A ello contribuye el baile infinito de especialistas haciendo cábalas y analizando las cosas. Lo que me parece muy bien: soy lector empedernido de opiniones científicas. Lo que sucede es que los titulares tienden a enfatizar un aspecto u otro de las declaraciones, transmitiendo la idea de enormes divergencias. Pero la lectura pormenorizada de las entrevistas permite apreciar convergencias en lo central muy significativas. Otra cosa es cuando el científico opina como ciudadano: de ese matiz algunos periodistas no suelen extraer consecuencias. Y hablamos de prensa seria, no de descerebrados digitales y redes asesinas de la inteligencia. Creo que hay una razón para ello: los medios y sus profesionales tratan honestamente de conectar con lo que perciben como corriente dominante en la opinión pública y ésta ha sido educada en los últimos años en el sensacionalismo, por los logaritmos que van advirtiendo al minuto de las noticias más leídas, las que admiten titulares con pocos sustantivos y muchos adjetivos, las que pregonan sucesos y amores de toreros. Cuando algunos medios dicen que lo que nos pasa se debe a déficits acumulados tienen razón: empezando por la crisis del periodismo serio, los ajustes de plantillas y la digitalización de la información.

La cuestión, en todo caso, es esta sensación de crisis general, de esas voces que claman pidiendo regeneración. ¡Más se perdió en Cuba! ¿O no? Bueno, en Cuba hubo más epidemia que balas, que hasta Ramón y Cajal lo contó. Pero el caso es que 2020 es demasiado pronto para clausurar un siglo. ¿Es verdad que todo iba mal y no nos dábamos cuenta? Pues no. En algunas cosas, sencillamente, la ola pandémica nos iba a desbordar. En otras íbamos bien, y si así no fuera no quiero ni imaginar lo que tendríamos ahora. Pero es evidente que lo que la pandemia está haciendo es magnificar errores, arrojar luz sobre dinámicas estructurales. Y una de ellas es la incapacidad creciente para adoptar medidas a largo plazo. Otra es la falta de confianza en nosotros mismos, cultivada hasta la náusea por los discursos dominantes, con sus respectivas expresiones desde la izquierda a la derecha.

España no está siendo un Estado fallido tanto como una nación fallida: los intentos de elevar los ánimos en nombre de una voluntad colectiva, unificada, no dan resultado. Pero eso es porque seguimos empeñados en imaginarnos como una nación que no podremos ser jamás. Falla la nación, entre lamentos y mascarillas con banderitas manchadas de saliva. Entonces sí, debe ser el Estado -leyes, policías, oficinistas, médicos, profesores, jueces y esas cosas- los que nos salven. Entre unas cosas y otras, siempre perdemos un tiempo precioso lamentando no ser una nación "normal" -¿cuál lo es?-. Y acabamos, como solemos, desconfiando del Estado en todos sus niveles: ¡es tan cómoda la queja y la presión fiscal baja! Ahí es donde fallamos: en conciencia cívica. ¡Cuánta exigencia ahora al Estado, y qué poco ofrecimiento!; ¡cuánta afirmación de independencia individual y qué poco sentido de la responsabilidad! ¡Es tan cómodo echarle la culpa a los políticos! Aunque eso no redime a la política de la invectiva por cobardía, ignorancia e improvisación. Si algo funcionaba mal en el periodo previo es la Constitución: hay que reformarla de cabo a rabo -yo antes pensaba que bastaba con retoques-. Y si no se hace ahí estará la fuente de muchos males: es la autopista por donde deben circular las políticas particulares, las decisiones singulares de todo tipo. Y está llena de baches. Los quitamiedos han saltado.

Puestos a sumar fracasos apuntemos el buenismo. Muchos creyeron que con cantar "Resistiré", pintar arcos iris y aplaudir a las 8 las cosas se arreglaban. El buenismo es magia. Y como todas las magias divierte antes de llevar a la frustración. Entre esas bondades impostadas y el decaimiento generalizado es donde deberíamos encontrar puntos medios que nos salven de la depresión. Y eso sólo se hará si se reconoce que la complejidad de la crisis sigue creciendo. Al principio se trataba de evitar contagios y muertes. Luego de que la economía no se hundiera. Y ahí la cosa se complicaba: ¿cuántos contagios eran aceptables para seguir funcionando? Nadie lo planteaba así, pero así estaban las cosas. En un periódico podía leerse un artículo clamando por no cerrar los bares nocturnos en nombre de la economía turística. Y dos páginas más allá, otro atacando a unos gobernantes por no haber cerrado antes los pubs para evitar contagios. El lector debía hacer la media. Y ahora debemos incluir un tercer factor de tensión: el confinamiento, que hunde más a la economía y que destroza la razón colectiva y separa generaciones. ¿Hasta dónde confinamos?, ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿No tenemos guía?

Lo que no tenemos es una bola de cristal para ver el futuro, pero guías hay. Acabo de leer "El jinete pálido", un excelente estudio de Laura Spinney sobre la gripe de 1918: es absolutamente asombroso cómo se están repitiendo algunas reacciones sociales y culturales ante la pandemia: disponer de una antropología de la enfermedad sería una herramienta imprescindible para luchar contra la desconfianza en todo poder que, entonces como ahora, nos cerca y mata nuestras mejores expectativas -con 50 millones de muertos, también hubo mucha gente contraria a las prescripciones científicas-. En vez de quedarnos con la cara del cuando nos eliminan en octavos de final, más valdría apreciar que las olas del coronavirus navegan por todas partes, que aquí vamos peor en una serie de aspectos, pero que son los mismos aspectos que en otros lugares. Menos quizás en Madrid -¿dónde están los manifestantes del barrio de Salamanca?-.

Dicho todo lo cual tenemos derecho a sentir miedo; a no entender porqué no se han adoptado algunas medidas -errores no forzados, pura mala gestión-; a exigir ayudas a mi sector porque es prioritario -todos lo son, o sea, ninguno, excepto el sanitario, el educativo y la prevención contra el cambio climático-; a ser intransigente con el uso de las mascarillas y a tener paciencia, que es gratis. La histeria no nos absolverá.

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