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Mujeres

Demonios

El Museo de Bellas Artes de Asturias acaba de inaugurar una exposición dedicada al demonio. "El diablo, tal vez" es una producción en la que ha colaborado con el Museo Nacional de Escultura, de Valladolid, y la Fundación San Telmo, del País Vasco. A partir del cuadro "Las tentaciones de San Antonio", de Jan Brueghel de Velours, María Bolaños, comisaria de la muestra y directora del Museo Nacional de Escultura, ha desplegado su discurso expositivo, que abarca nada menos que seis siglos y en el que, tal vez sin proponérselo, ha dejado patente el aliento misógino que, difundido por la católica y por el resto de las iglesias cristianas, ha anegado el pensamiento occidental.

Gabino Busto, el conservador de arte moderno del Bellas Artes de Asturias, nos hace reparar en ello desde que ponemos el pie en la exposición. En la obra de Brueghel de Velours que la vertebra y que preside el Infierno, su primera etapa, las mujeres son la tentación. Una aparece vestida elegante y recatadamente pero acompañada de otra dama, que aparenta más edad y parece estar incitándola a algún acto inconfesable, tal vez una alcahueta. Otra, totalmente desnuda, conducida como un animalillo por un anciano y acorralada por unos engendros repugnantes.

Irma Collín

Las mujeres son seres malévolos, débiles y arteros, lujuriosos. Una tentación a evitar. Ese es el mensaje que el artista ha inscrito en el lienzo. Nada original, en su época y durante muchos siglos. Las mujeres son retratadas, casi siempre, como vírgenes inocentes, un ideal que no es de este mundo, o como fuente de todo mal, creadas para el placer y la discordia y capaces de disipar la voluntad de los hombres.

El cuadro "Las tentaciones de San Antonio", de Jan Brueghel, estaba colgado, con intención adoctrinadora, en la Casa de la Aprobación de Valladolid, un establecimiento benéfico al que iban a parar las prostitutas y mujeres de mal vivir que, arrepentidas, buscaban la redención.

A las mujeres no se las presenta como actores principales del gran teatro del mundo. Son simplemente un instrumento en manos de los poderes oscuros o en las de sus acólitos. Son, cómo no, sus servidoras

Pieter Brueghel el Viejo, el padre de Jan, también recurre a las mujeres para personificar el mal y las convierte en protagonistas de sus grabados alegóricos de los pecados capitales. En las reproducciones cedidas por la Biblioteca Nacional que se exponen estos días en el Bellas Artes de Asturias ellas son, caricaturizadas hasta el esperpento, la representación de la lujuria, la ira, la soberbia, la envidia, la avaricia, la pereza y la gula.

No es que las mujeres sean el demonio, aunque este pueda adoptar sus formas para cautivar más fácilmente a sus víctimas. No se las presenta como actores principales del gran teatro del mundo. Son simplemente un instrumento en manos de los poderes oscuros o en las de sus acólitos. Son, cómo no, sus servidoras.

La misoginia atraviesa la historia y la cultura. No es cosa de la Iglesia, ni mucho menos. Hay que remontarse más atrás. Lilith -ella sí- es un demonio madre de demonios, Pandora pecó de curiosidad y extendió todos los males por el mundo, Helena llevó la guerra a Troya, Eva entregó a la humanidad por una manzana€ La sospecha hacia las mujeres inunda todas las culturas y religiones, o casi todas, y adopta distintas formas. Es fácil seguir su rastro en los museos, en la literatura, en las crónicas, en el día a día, por supuesto. La misoginia lleva siglos y siglos moldeando el pensamiento occidental, lo ha impregnado todo, y sacudírsela no parece que pueda ser cosa sencilla ni de un día.

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