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NO HAGAN OLAS

Mestalla en la encrucijada

Complicado negocio el del fútbol. La pelota tiene que entrar y el corazón siempre late a favor del gol. No es de extrañar que los grandes hombres de negocios no quieran acercarse a ese proceloso universo. Lo hacen los jeques árabes, los millonarios rusos o chinos que vienen de la cultura del pelotazo y algún que otro descerebrado como Jesús Gil, Ruiz Mateos o Lopera. El fútbol crea un magma de pasión y dinero que vuelve locos a los inspectores de hacienda. No hay claridad en los traspasos, las estrellas y algunos clubes crean sociedades intermediarias en paraísos fiscales, por no hablar de los penúltimos episodios relativos a las casas de apuestas, dueñas y señoras de la publicidad básica en torno al fútbol.

Hay casos más difusos pero que en cualquier otro sector económico serían rápidamente atajados. Nos referimos al conflicto de intereses que supone ser representante de jugadores y, al mismo tiempo, pertenecer a un cuadro directivo que toma decisiones sobre traspasos. Difícilmente se tomarán con neutralidad. En el mundo de la publicidad, por ejemplo, se prohíbe que una central de medios tenga intereses societarios con una empresa de comunicación, ni siquiera con una agencia creativa: su negocio se basa en el reparto objetivo de inversiones publicitarias. Y algo parecido ocurre en el cine y el teatro: una productora no debe tener parte en una agencia de representación porque tendería a contratar solamente a los actores y técnicos de su «cuadra». Un ejemplo parecido en el mundo del arte también nos sirve: ¿Es imaginable que el director de un museo tuviera intereses en una galería de arte o fuera socio o familiar de un marchante en activo?

Pues eso ocurre en el fútbol y nadie se rasga las vestiduras. La FIFA, sí, puso coto a los fondos de inversiones, cuya infiltración en el mundo de los fichajes futbolísticos amenazaba con convertir a este deporte profesionalizado en un carrusel bursátil con muy mala imagen para todos sus protagonistas. No obstante, seguimos viendo cómo los derechos de un futbolista se parten y reparten entre más de una propiedad, y aquí en Valencia se asiste a la gran ceremonia de la confusión que supone la amistad del accionista mayoritario del club, Peter Lim, con el más importante agente europeo de futbolistas, con quien la sociedad anónima deportiva de cuya gestión se responsabiliza ha cerrado cuantiosas operaciones de compraventa de jugadores y entrenadores a lo largo de los últimos años.

El problema es que la mayoría de los aficionados del Valencia de Lim están dispuestos a olvidarse de estas cuestiones éticas siempre y cuando la pelota le sea favorable al equipo de sus amores. No importa el precio ni la moral para la victoria. Cuán lejos estamos de las enseñanzas del emperador-filósofo Marco Aurelio o de Lao-Tse, para quienes el triunfo sin honra era el peor de los comportamientos humanos, tanto en Occidente como en Oriente. Con todo, ese es un problema que debe afectar a quienes son accionistas del Valencia -un servidor, por ejemplo-, pero no al resto de la ciudadanía ni a los poderes públicos valencianos. Precisamente el Valencia CF está en este agujero de cuando se confundieron los intereses privados con los públicos.

Ahora bien, el Valencia lleva cerca de diez años con la estructura de cemento de su nuevo estadio sin terminar y en medio de la trama urbana, y ha incumplido, además, los plazos para la puesta en marcha de su proyecto de urbanización en el viejo Mestalla. Todo ello con unas ventajas y aprovechamientos inmobiliarios que solo se han concedido a dicho club, a pesar de lo cual, el tema sigue en el limbo. Un proyecto de urbanización, por lo demás, denso y feo, inusualmente tolerado por la administración que, unas manzanas más al noroeste, ha tumbado otro plan con bastante menos negocio de por medio para sus promotores que el de Mestalla.

Temerosos de que el club y su afición se les echen encima, los gobernantes de esta ciudad callan ante el despropósito urbanístico que se ha querido perpetrar. Solo cuando las cosas se le han torcido a Lim y a sus representantes en estas lejanas tierras, Ayuntamiento y Generalitat han pedido cuentas por el desaguisado. Tan es así que incluso en À Punt se han negado a debatir este vidrioso asunto cuando se lo ha propuesto una entidad seria y de referencia en este tipo de problemáticas.

Para los expertos, el plan del viejo Mestalla no solo es malo sino inviable en las actuales circunstancias, y el fracaso de la primera intentona de impulsarlo no hace sino corroborarlo. El Valencia pide más tiempo, pero se trata de un brindis al sol. En la actual coyuntura, con una crisis sanitaria y económica que puede tardar un lustro en superarse, con el accionista de referencia dejando claro que no piensa invertir con fondos propios, el proyecto del estadio se tambalea.

La pregunta siguiente resulta obvia: ¿y realmente hace falta un nuevo campo y urbanizar en el solar resultante de la avenida de Aragón? El Villarreal y el Levante han demostrado que se puede poner al día un estadio sin necesidad de armar tanto ruido. Empiezan a ser modelos de gestión frente a un Valencia a la deriva. En tales condiciones, conviene pensar si no es mejor seguir en Mestalla autorizando su modernización consensuada con los vecinos y transformar la osamenta de la pista de Ademuz en un estadio público para la práctica de deportes minoritarios, campeonatos escolares y todo tipo de actividades al aire libre ahora que las distancias sociales obligan a multiplicar la espacialidad entre humanos. Con ello tal vez se precipitaría la salida de Lim del Valencia, dejando un pequeño agujero en las cuentas de la nueva Caixabank, pero nada que los socios no puedan asumir con un plan sensato de refinanciación de la deuda a largo plazo de la mano de Goirigolzarri.

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