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Alfons Garcia

Ruido y banderas

Noche cerrada

Noche cerrada

La noche es demasiado larga. Karmelo busca farmacias a estas horas. Allí se encuentran cosas que ayudan a olvidar, creo recordar de uno de sus poemas. Yo no tengo fuerzas para tanto. Observo las estrellas para intentar no mirar. Parece que no pasa nada, pero 157 valencianos han muerto por covid desde que nos instalamos en esta experiencia falsa llamada nueva normalidad, que solo es nueva, nunca normal. Estoy atascado con un reportaje en el que cada palabra es como extirpar algo valioso. Tintinea el wasap. Agarro esa tabla de desconexión. Me desconcierta ver el nombre de un familiar cercano con el que últimamente hablo poco.

«Te escribo como alguien cercano y como ciudadana española preocupada por el país… Quiero saber la verdad. Porque con todo lo que he leído y visto en artículos y vídeos no me creo nada de lo que dicen la tele, los periódicos… ¿Tú te crees la covid-19?» Contesto airado, herido por la acusación implícita en el comentario. «Estoy hasta las narices de esta basura de conspiranoias. No creer sería asumir que todos los médicos y las enfermeras que están en los hospitales mienten. Cree lo que te dé la gana, pero al menos no intentes evangelizar a nadie». «No evangelizo. Solo quiero datos contrastados. Quiero saber si os están dando directrices de más arriba de qué contar y qué no!» Respiro, es mejor dejarlo ahí. Pero escribo. «Leer esto es la demostración de la mierda de mundo en que nos ha convertido todo esto». Podría continuar.

Podría escribir que cualquiera se da cuenta a las pocas semanas de estar en una redacción de que todo este tinglado es mucho más pedestre que la imagen que ofrece, que eso de las directrices de arriba es como los mitos eróticos, que deben existir pero en el celuloide. Que existen choques y desencuentros con el poder (político y económico), y también acuerdos de interés en algún momento, pero no he conocido argumentarios ni llamadas para cuadrar a nadie, sí para quejarse, va con la profesión. Podría escribir que todo es más sencillo: intentar contar historias y que las crean porque están construidas sobre la suficiente dosis de verdad, que nunca es ni será toda. Que no siempre se acierta, pero es la excepción y no sucede premeditadamente.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí en esta epidemia?

Cansancio social, agotamiento de la verdad, el peso de la incertidumbre acumulada, pérdida de autoridad de los medios de comunicación de siempre y una realidad tan fragmentada y cargada de ruido procedente de mil lugares que parece imposible aprehenderla.

También en ocasiones se ha dado la sensación de que los gobiernos estaban controlando en exceso la información. Para no alarmar más de la cuenta. Como si no fuéramos adultos. Y cuando desconfías de la ciudadanía, te lo devuelve con la misma moneda… Demasiadas banderas tapan estos días el paisaje, pero siempre es mejor verlo que imaginarlo. De ahí nacen los monstruos. Pero todo ello no basta para tanta insensatez campante estos días.

La sensación es que algo se ha roto. Demasiada prisa para olvidar entre tantas incertidumbres. A falta de certezas, abraza la niebla, oigo a Isabel Coixet. Es verdad. Pienso en ‘Cosas que nunca te dije’, en esos personajes frágiles perdidos en sí mismos y abrazados a una esperanza. Al otro lado de la ventana, aquí, las farolas se apagan antes de que las calles sean calles.

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