Manuel Castells, el ministro de universidades del Gobierno de España, anunció de manera más o menos solemne que «este mundo que conocemos, se acaba». Que lo diga el ministro de un gobierno más o menos serio como el español, no es lo mismo que aquello que decían los curas viejos para asustar al personal a fin de no morir en pecado mortal. «Imaginaos que el mundo se acaba y vosotros en pecado mortal. Ya sabéis lo que os espera: ¡un infierno eterno!». Y aquel niño de ocho años preguntaba qué era aquello de la eternidad y el catequista salesiano remarcaba que era como un día entero pero que no se acababa nunca metido entre llamas de fuego. Faltaba que a la puerta de la sacristía colgase un cuadro que representaba entre llamaradas el sufrir de los condenados, no al infierno, sino al purgatorio, para que uno confesase todos sus pecados y si era preciso se inventara alguna maldad porque algo había que decir arrodillado ante el párroco.

No se acaba el mundo cual apocalipsis, vino a decir, para tranquilizarnos a todos, sino la forma de entender la vida, las relaciones humanas y económicas, todo lo que significa vida social tal y como la conocemos hoy. La nueva normalidad de la que ya nos hablan, quién sabe si para prepararnos, los gobiernos que se saben impotentes para detener los contagios y el derrumbe de la mayoría de los sectores económicos. Así es que ríanse ustedes de los efectos de la batalla de las Termópilas, o de la caída del muro de Berlín, de la Revolución Francesa o del atentado de las Torres Gemelas, cuando alguien se atrevió a decir mientras se transmitía en directo por Televisión Española que «asistimos a la caída del capitalismo…» Toda la vida ha habido profetas y gente pa’ tó.

Lo del ministro, criticado por atreverse a decir lo que todos piensan, tiene sus razones. No son temores a un fuego eterno que de momento nadie ha visto. Basta constatar cómo cierran empresas, oficinas, hoteles, industrias; basta observar cómo la agricultura y la pesca se abandonan, entristecerse ante colas de hambre y ocupaciones de viviendas ajenas, para caer en la cuenta de que aquí viene algo más serio aún que la covid-19. Lo del virus seguramente pasará. Lo que se lleva por delante el miedo a morirse del virus eso es el infierno de Dante, aquel del letrero que colgaba a la puerta de entrada: «Abandonad toda esperanza quienes aquí entréis». Tremendo. Sí, hay esperanza en la ciencia, que logrará vencer a este bichito, salvo que sea la presencia invisible del demonio Ababdon, el más destructor de los ángeles caídos, que puestos a especular hasta admitimos su existencia. La ciencia podrá con el coronavirus, no sé si con el demonio en persona, pero podemos perder toda esperanza de volver a la normalidad. Lo ha dicho el ministro de las universidades españolas, así de pasada, en una comparecencia en el Congreso. Las redes sociales se han reído de él, lo que viene a confirmar que la catástrofe ya está instalada. El hombre remató su pensamiento diciendo que: «No digo que se acabe, pero este mundo sí, este mundo se acaba, este mundo que hemos vivido se acaba. Y habrá otro mundo que está gestándose y renaciendo». El único ‘pero’ que le veo es esa contradicción de gestar y renacer, pero él sabe lo que dice y quien quiera entender, que entienda.