El otro día, tras leer la noticia, sobre la aprobación del decreto ley para regular el teletrabajo, me vino a la mente una colaboración periodística que hice, hace unos meses, sobre el ‘éxodo urbano’. El reportaje versaba sobre la movilidad de la ciudad al campo con ocasión de la posible expansión del trabajo desde casa. En aquella pieza, varios sociólogos y expertos en la materia, aportamos nuestro granito de arena al respecto. En España, como saben, existe un alto grado de presencialismo laboral. La mayoría de los trabajadores prestan sus servicios a cambio de salarios por unidad de tiempo. Salarios basados en horarios fijos con poca, o ninguna, flexibilidad. Esta forma tradicional de prestación laboral no se traduce, en la mayoría de las ocasiones, en un aumento de la productividad. Y no se traduce porque, en ciertos trabajos, existen tiempos muertos durante la jornada laboral.

La pandemia ha puesto en valor el teletrabajo como arma competitiva. El teletrabajo contribuye a la flexibilización espacial de los organigramas, evita la interrupción total de los procesos productivos y garantiza el servicio al cliente. Gracias al teletrabajo, los efectos negativos de la covid-19 no han sido tan nefastos para el sistema económico. El trabajo desde casa destaca la importancia de las Tecnologías de la Información y Comunicación. Tecnologías que se atisban, en un futuro inmediato, como agentes de cambio de la cultura laboral y social. De la cultura laboral, porque el teletrabajo mejora la conciliación de la vida familiar y laboral, abarata los costes de desplazamiento y disminuye los grados de ansiedad y estrés en el trabajo. De la cultura social, porque el teletrabajo permite que la elección de residencia no esté determinada por la ubicación de la fábrica u oficina. Un cambio de mentalidad que se podría traducir, en un futuro inmediato, en un éxodo urbano.

La nueva ley, consensuada por el acuerdo de todas las fuerzas sociales afectadas, destaca el carácter voluntario del teletrabajo, su condición reversible y la obligatoriedad por parte de los empresarios de asumir los costes de la actividad digital. La nueva norma garantiza, faltaría más, la igualdad de derechos entre trabajadores presenciales y «a distancia». Aunque nunca es tarde si la dicha es buena, lo cierto y verdad, es que este decreto ley llega justo en la segunda ola de la pandemia. Y llega tras varias décadas de era digital. Décadas donde la mayoría de las empresas han producido bajo la cultura del presencialismo laboral. Más allá del teletrabajo, se necesita -hoy más que nunca- una alfabetización digital de las plantillas. Una alfabetización en videoconferencias, administración electrónica y seguridad informática. Dicha alfabetización implica un cambio de actitud y mentalidad. De actitud, para romper la igualdad entre productividad y presencialidad. De mentalidad para que la empresa sea percibida como un ente físico y digital.