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Alfons Garcia

La generación más rota

La generación más rota

Ponerte a prueba frente a lo desconocido y ver si eres capaz de sobrevivir a la refriega. Le gustaba la definición de la literatura que había leído en un libro de Paul Auster. Nada de contar simples historias. Jugártela. Sabía que era una forma de protegerse frente a su inacción. Hacía tres años que se le había acabado la excusa del trabajo, pero seguía quieto, dejándose llevar por el fulgor de los días. Ya es tiempo de que dejes de citar a Auster y te pongas a la tarea, le decía su hija cuando se ponía estupendo. Él bajaba la cabeza con una sonrisa. Es de los que nunca llevan las discusiones hasta sus últimas consecuencias. ¿Hay algún adjetivo para ellos?

Últimamente se había acostumbrado a discutir con ella. Una forma de constatar que seguían vivos. Le echaba en cara verla con una mascarilla con bandera republicana. Ni de unos ni de otros; sobran bandos y banderas, decía. La cosa solía acabar con un debate intenso sobre quién lo había tenido peor en la vida. Ella se armaba de argumentos con eso de que había llegado a la mayoría de edad cuando la crisis financiera y ahora le tocaba otra cuando empezaba a sacar cabeza en el mercado laboral. Todo lo que había conocido era precariedad. Lo mejor en todo este tiempo había sido un contrato de seis meses en una consultoría internacional. Lo peor, el de dos horas a la semana para servir bandejas de canapés y copas a individuos que nunca la miraron. Una generación perdida entre dos crisis.

Él replicaba que también llegó al mundo laboral con una crisis delante, con oposiciones bloqueadas durante años y que solo encontró algo estable cuando se acercaba a los treinta años. El punto de fuga de esas discusiones era cuando ella le recordaba que a ninguna generación se le había dejado claro hasta ahora que iba a vivir peor que las anteriores, solo a la suya. Y no pasa nada, clamaba a punto de explotar. ¿Crees que importa a los políticos? Parece que solo quieren el poder, atarse a él o arrebatarlo como sea.

En ese momento a él solo le quedaba el silencio. Si comparaban las infancias de uno y otra, la suya era infinitamente peor, seguro, con la escasez perenne en un barrio pobre, días de miedo junto a aquellas bolsas de cola para esnifar que circulaban en los recreos, el escarnio por ser el listo de la clase... Nada nuevo. Pero prefería callar.

Lo mismo si pensaba en la de su padre, un buen estudiante en un pueblo perdido, al que a los 10 años sacaron de la escuela a pesar del profesor para que se dedicara al campo. Tenía que aportar, porque antes que las letras y las cuentas se trataba de esquivar al hambre. Después, la emigración a la gran ciudad, el obrero ejemplar y el buen padre en un piso sencillo en la periferia con comodidades ni imaginadas de niño. Pero prefería callar.

Él no había conocido el significado de la palabra hambre y había descubierto el poder de los libros como tabla de salvación. Y delante siempre tuvo la expectativa de la universidad y un buen trabajo. Había tenido bibliotecas cerca de casa y becas. Sus manos hoy no tenían callos como las de su padre. No lo decía, pero se tenía por un buen profesor. Pero el giro de los tiempos también lo había tumbado. No fue solo la crisis, pero llegó la noche. El día que lo llamaron de dirección. Se lo olía. Una reestructuración. Perfiles nuevos, diferentes, le dijeron. Con salarios más bajos, eso no se lo dijeron. El vacío. Y sus consecuencias. La soledad. No supo retenerla. El divorcio. Contemplar los días romperse. La echaba de menos pero se había prohibido decirlo. Era su condena por no haber sabido ser feliz con ella. Pudo soñar, pero se hundió. Tu corazón es de corcho, siempre flota, se decía para sobrevivir. Aprendió a perder. Y a perdonarse. Ahora le quedaba mirar el pasado para intentar reconciliarse consigo mismo. Eso y las conversaciones con ‘la niña’ cuando venía. Era verdad que el futuro no pintaba bien para ella, que no iba a vivir mejor que él. Podía decirle que él había tenido el señuelo del progreso, pero que no había sabido ser feliz. Que no le imitara. Que no dejara de luchar, porque los augurios y profecías son solo eso, y lo que pase nunca es excusa para dejar de amar la vida. Pero prefería callar. Prefería observarla a ella. Que la vida hiciera su camino.

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