Los tiempos de la pandemia lo marcan todo. El temblor ha sido tal que ha destapado todas las debilidades de la arquitectura política actual y también las flaquezas de su envoltura discursiva. Es decir, de las formas de la política y de los contenidos que la abastecen. Frente a los hechizos de los discursos oficiales y oficialistas, la pandemia ha visibilizado, por ejemplo, las enormes fisuras del tan celebrado Estado de Bienestar, al menos en una de sus grandes orillas. Basta acercarse a la calle y preguntar a la gente por su relación con las primeras puertas de la sanidad pública. Certificarán que les son inhóspitas. La confusión en los centros de salud, pese al desgarro e impotencia de sus profesionales, es de una evidencia absoluta. Los «refuerzos» y la «modernización» dispuestos hoy para esos centros por la Generalitat no hacen sino reconocer sus vértigos. La epidemia no solo ha enfatizado esas fragilidades o carencias, también ha ensombrecido las voces glorificadoras de la sanidad pública española, comparada con el séptimo cielo (¡pese a las constantes listas de espera!). Hablo del sistema, que como todos los sistemas es perverso. De su organicidad, no del personal que lo integra y gestiona. En el caso valenciano, desde la consellera Ana Barceló hasta el último sanitario anónimo lo han enaltecido con sobrecargas y esfuerzos imposibles. Han hecho lo que han podido, porque no es fácil. Lo fácil es que el sistema pueda con las personas. (Una de las fatalidades de las sociedades modernas, en su vertiente nostálgica, es que la obra se rebele contra el autor, como en una novela de Stephen King o como el monstruo de Frankestein).

Podemos estar hasta el fin de nuestros días atacando las grandes concepciones políticas contrarias a nuestro ideario -el demonio neoliberal y sus secuelas, el socialismo luciferino y sus efectos abyectos-, morir por nobles propósitos a la manera de los héroes medievales, elevarnos a la más alta cumbre de una ideología y no bajarnos nunca de allí. Mientras tanto, el señor de la verdulería de la esquina continuará peleándose contra el ayuntamiento cercano durante más de un año para resolver un trámite y no habrá modo de que el vecino del tercero, que ha cumplido con creces su años laborales, se aclare con la página web para formalizar su jubilación. Por un lado, la calle, y sus problemas domésticos. Por otro, los discursos, las grandes causas y las ceremonias gestuales (algunos discursos vienen del XIX con sus categorías maniqueas colgadas del brazo -esto bueno, esto malo- y arrastran no solo los exterminios de millones de personas en el siglo XX, sino esos atajos tan deliciosos que lo aclaran todo en un santiamén a la manera de un catecismo). Lo que parece cierto, sin embargo, es que hemos perdido la batalla de la eficiencia, como constata con crueldad la coyuntura de los últimos meses. Alemania ha funcionado como un reloj durante la pandemia. No lo digo yo. Lo dicen los institutos de análisis y la comunidad científica casi al completo. En Alemania, el 70 % de los centros hospitalarios son gestionados por compañías privadas, el 30 % son de gestión pública directa. Alemania disponía antes de la pandemia de 34 camas de UCI por cada cien mil habitantes, España de 9,7. ¿Cuántos infectados hay en España? ¿Cuántos en Alemania? No hará falta seguir con las cifras. O sí. ¿No está España por debajo de la media europea en número de médicos de familia?

La pandemia, como digo, no solo ha puesto en cuestión convicciones caducas, también ha constatado alegres ineficiencias sistémicas o evidenciado la increíble distancia existente entre la divinización de unos sistemas públicos y su vulnerabilidad real. Y, por supuesto, ha escrito un epitafio muy dulce sobre determinadas conductas políticas, a punto de lograr un pasaje para la fosilización. La afirmación de que este seísmo que nos rodea pide transversalidad política, impugna uniformidades partidistas, desecha compartimentos estancos y reclama concordias y versatilidades es de una obviedad límpida. La crisis expone el fin de la era de la negación por la negación, que es la de los axiomas. Señala el origen de la etapa de la reconstrucción del entendimiento y de la serenidad. Advierte de que hay que leer la realidad de otra manera: de abajo a arriba, desde la experiencia de las personas y no desde las ‘certezas’ de los enunciados. Y sobre todo anticipa un nuevo patrón que ha de prevalecer sobre todos los demás: el de la eficiencia y la utilidad en la administración de las personas y las cosas. O eso, o directamente al cenotafio.

Yo creo que, en clave valenciana, Toni Cantó ha entendido bien el mensaje que viaja con la crisis, que el presidente Ximo Puig ha lanzado unos acuerdos bajo el horizonte del humanismo contrarios a la discordia, que Isabel Bonig tiende manos y mentes sinceras y que Mónica Oltra, pese a sus incomodidades iniciales, ha entendido que asistimos a la clausura de una etapa y al germinar de otra, que metaboliza muchas incógnitas. No es posible inmovilizarse, o funcionar como hasta ahora cuando se ha abierto la tierra bajo nuestros pies. El espacio político se ha hecho más elástico y han de gobernarlo entre todos. La política valenciana se merece una expiación. O una catarsis. En todo caso, una descodificación para encarar la era postcrisis que ya está ahí. Si todo muta, la política no puede reflejarse en una estampa del XIX. Y si continúa con sus vicios de siempre -el «y tú más»-, sus eternas batallas -buscando culpables en el otro bando-, sus ideas preconcebidas y sus fórmulas inamovibles, los signos de agotamiento que se vislumbran se transformarán en un estallido feroz. (La patética guerra de Madrid, tan alejada de la ciudadanía, sintetiza todas las vilezas de la infrapolítica.) Transversalidad, eficacia, nuevas dinámicas de relación y mucha praxis. Y más complicidades entre los actores de la política, que ha de servir como punto de encuentro y no como campo armado electoralista. ¿Qué es difícil? Más difícil lo tuvo Lucy, el primer australopitecus, para abandonar los árboles de la selva, erguir las extremidades delanteras, alcanzar la sabana y contemplar el mundo desde la posición vertical, con lo enana que era. Y de paso dar el salto hacia la humanidad.