La salud medioambiental de los niños es uno de los grandes desafíos del siglo XXI, ya que nos encontramos en una época en la que los factores que afectan a su salud se identifican, cada vez más, antes de que el daño sea evidente, como se manifiesta por nuestra creciente capacidad para identificar alteraciones prenatales y genéticas. Ya se han acuñado como ‘las enfermedades del milenio’ todas aquellas patologías consecuencia de los impactos a las exposiciones ambientales como podrían ser las enfermedades sensibles al clima y que originan su transmisión por vectores, alimentos y agua, y el aumento de la incidencia de las enfermedades asociadas con la contaminación del aire y los aero-alérgenos. Los niños son especialmente vulnerables por su posible mayor exposición y sensibilidad a determinados agentes como pueden ser el mercurio y el plomo.

Las crecientes temperaturas, el cambio de los patrones de precipitación y los episodios meteorológicos más extremos, que se están produciendo como consecuencia del cambio climático, han empezado a aumentar la morbilidad de los niños sobre todo teniendo en cuenta un factor fundamental como es la edad. Así ha quedado demostrado con una probabilidad del 90-99 % que los siguientes cambios se van a producir en este siglo: mayores temperaturas máximas, aumento del índice del calor, más episodios de precipitación intensa en un día y también más episodios de precipitación intensa en varios días lo que se traduce por la mayor frecuencia e intensidad de olas de calor; y es posible que se registren tormentas más intensas en latitudes medias.

Estos acontecimientos extremos, inundaciones, sequías y huracanes afectaran de forma directa a los niños por la mayor intensidad de transmisión de enfermedades por vectores, garrapatas y roedores (dengue, malaria) y de enfermedades contagiadas por los alimentos y agua (enfermedades diarreicas, salmonelosis, intoxicaciones alimentarias por su relación directa con el aumento de las temperaturas), así como por el incremento de los contaminantes del aire; y como consecuencia las enfermedades alérgicas debido a que las plantas productoras de alérgeno (por ejemplo, ambrosía). La producción de polen está en razón directa con el aumento de la temperatura.

Después de los desastres naturales (inundaciones, huracanes) los niños necesitan cuidados médicos especializados que incluyen tanto los efectos sobre la salud física como los producidos sobre la salud mental resultantes de la experiencia del acontecimiento o del proceso de recuperación.

La ecopatología, es decir, las enfermedades debidas a alteraciones del ambiente o del ecosistema que rodea al ser humano se relaciona directamente con la ecotoxicología que es la ciencia que se ocupa de la emisión de contaminantes y su evolución y distribución en el medio físico y químico y en consecuencia la entrada de la contaminación en el medio biológico, además de los efectos tóxicos de los contaminantes a cada nivel de los ecosistemas (suelo, aire, aguas, algunos de carácter físico como el ruido, etcétera).

El conocido aserto de Ortega y Gasset, «el hombre es él y sus circunstancias», tiene especial validez cuando hablamos de la salud infantil. Es muy preocupante la contaminación de los alimentos, tanto por los aditivos, cuyo poder cancerígeno parece en algunos casos probados: metales pesados (mercurio, aluminio, plomo), insecticidas o sustancias radioactivas, cuyos efectos pudieron estudiarse ‘in vivo’ a partir de la catástrofe de Chernóbil o en un futuro con los resultados del accidente nuclear de Fukushima.

Otros contaminantes se comportan a menudo como mutágenos. Se estima una tasa de mutación genética en el 1 % de los nacimientos y si se tiene en cuenta que sólo el 30 % de los óvulos fecundados dan lugar a recién nacidos, puede calcularse la magnitud del problema.

El deterioro del aire con la destrucción de la capa de ozono, el efecto invernadero con el aumento del CO2 de la atmósfera, la lluvia ácida y las radiaciones ionizantes van a ser responsables de numerosas patologías, hasta ahora muy infrecuentes, como neumopatías, hipoxia, radiodermitis, síndrome postirradiación, etcétera. Es evidente que este siglo XXI traerá nuevas patologías muy difíciles de prevenir y de tratar.

Los pediatras, como abogados defensores de nuestros niños, tenemos la responsabilidad de mejorar el reconocimiento y comprensión de estas situaciones y de evaluar los posibles riesgos y amenazas que imponen las exposiciones ambientales de los niños y de que actuemos en nombre de ellos velando por sus intereses.