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Alfons Garcia

Un país a una distancia extraña

pablo iglesias

pablo iglesias

Uno no puede dejar de ser fiel a sus pilares literarios. Richard Ford es uno de ellos. Creo que ya lo he escrito. Hace una semana el escritor decía: «Siento al país en el que he pasado los 76 años de mi vida a una distancia extraña, y desde donde me encuentro no veo nada claro». Su país, afirmaba después, «se parece cada vez más a uno de esos países que pueden caer. Nunca me había sentido así» (El País Semanal). 

El padre de Frank Bascombe habla de EE UU y lo hace desde la cercanía de unas elecciones que, vistas desde la distancia, transmiten un halo traumático, como de que se estuviera jugando algo más que cuatro años de presidencia. O acatar el modelo Trump de «perfidias» y falsedades como base de un nuevo futuro o reconciliarse con el sistema de equilibrio de poderes hijo de la Ilustración como la manera menos mala de estar en el mundo.

¿Puede trasladarse esa misma desazón a España y a la Comunitat Valenciana? Sí y no, diría. No estamos en un momento tan extremo como el que dibuja Ford ante la meta electoral de noviembre en EE UU. El Gobierno y el sistema de reparto de poder con las autonomías han demostrado capacidad de funcionamiento en esta emergencia. Lo de Madrid me parece un episodio pasajero de lucha partidista. Pero hay síntomas preocupantes de que algo importante se puede estar jugando también a distancia de los ciudadanos, sin ellos, y de que se respira el peligro. Pienso en el caso Podemos. La disyuntiva para el vecino del quinto C es creer a Pablo Iglesias y entonces todo se reduce a la persecución de un juez (por motivos desconocidos o por un complot de poderes para expulsar a Podemos del Gobierno) o creer que el líder de Podemos retorció la justicia y el seguimiento de las cloacas del Estado para obtener rédito electoral. El resultado de esa ecuación es todo basura, porque en la misma línea continua aparecen espionaje de Estado, uso maquiavélico de ese espionaje para beneficio partidista y alianza secreta de élites para hacer y deshacer gobiernos. 

Pueden oler mal, pero no son en todo caso fenómenos nuevos en el retrete de la democracia. Lo nuevo es la sensación de que la verdad importa menos que nunca, que jamás accederemos a ella y de que el resultado final será siempre extremar a una sociedad ya polarizada. Es consecuencia (y ahí existe una ligazón con lo que está pasando en Estados Unidos) de este mundo hipertecnológico y de las redes sociales, donde los ciudadanos cada vez estamos más lejos de los que piensan de manera diferente a la nuestra, abducidos en círculos sociales virtuales que casi exclusivamente reafirman posiciones previas, porque la dinámica de funcionamiento de estas redes lleva a alimentar al usuario de sus mismos gustos, aficiones y opiniones. La pujanza de estos canales de información y la pérdida de influencia de unos debilitados medios de comunicación tradicionales perfilan un panorama en el que perfidias y falsedades producen resultados. Pueden dar réditos, como en el auge de Trump. Ese es el mundo que nos extraña a los que pintamos canas y vemos cómo una nueva derecha extrema fermenta en ese caldo tecnológico social y vuelve a ser la amenaza que ya fue mientras una mayoría se deja (nos dejamos) llevar. En eso nos sentimos tan distanciados como Richard Ford de la realidad americana.

Y lo peor es ver cómo este es el trasfondo en un momento histórico extraordinario, con una sociedad acuciada por una peste que ha llenado el horizonte de incertidumbres y presagios económicos funestos. Una sociedad cansada que a falta de ideas y certezas se aferra a banderas, de un color o de otro. Las planta la derecha radical en una playa y las reparten Compromís y la derecha normal en este Nou d’Octubre callado. Es indiferente la disposición de franjas y colores. Españolas o valencianas. Monárquicas o republicanas. Rojas o azules. Importa lo que transmiten. Son el refugio en la identidad cuando casi todo se tambalea. Si el progreso fuera lo que hasta hace poco era, sobrarían cada vez más. Transmiten miedo y polaridad. Y convienen confianza y abrazos para empezar a salir del caparazón.

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