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isabel menendez benavente

Música

Canten para que las mascarillas que ahogan las voces desaparezcan al menos mientras dura una canción

Música en la calle en tiempos de pandemia

Mientras escribo esto, escucho el programa La Voz, de Antena 3... Y no puedo evitar emocionarme con cada canción, con cada sueño de los que aspiran a ser felices cantando. Veo a los jóvenes subir al escenario luchando por algo bonito, algo especial, algo que les hará felices a ellos y a los que les escuchen, como lo hacen conmigo, que me refugio en esta música, en las canciones, en letras que me inspiran, me llenan de energía, me calman o me hacen llorar, que me transmiten emociones siempre positivas, algo que necesitamos en estos tiempos de cólera, de rabia, de impotencia, de pena. Cierro los ojos y me transporto también a ese escenario, porque ésta, la de cantar, es posiblemente mi auténtica vocación. Uno de los mejores regalos de mi vida me lo hizo el padre de mi nieta... Un karaoke.

Él, ellos, mis hijos, no saben cuánto necesito la música en mi vida. Ellos, mis hijos, que cerraban las puertas para no escucharme... Porque la adolescencia no entiende de sentimientos maternos; no sólo no entienden, sino que desconfían. Porque ellos no saben, claro que no, que cuando ya no puedo más, cojo el micrófono y canto, canto una y otra vez las canciones que han formado parte de mí misma, aquellas con las que, abrazada a una guitarra, o encima de un escenario con mis amigos, enamoré a su padre. A él le cantaba y le sigo cantando, aunque nunca ha sido precisamente un amante de la música, pero sabe que esta parte de mí le complementa. Sabe que cuando lloro, lo hago mejor con una canción; que cuando soy feliz, tengo canciones especiales; que cuando canto bajito, estoy durmiendo a mi niña.

Sabe, después de más de 40 años junto a mí, que le he pedido que le ponga la cuerda a mi guitarra, esa que va conmigo desde hace tanto, tanto tiempo, porque ahora más que nunca la necesito. Y quizás, ¿por qué no?, volveré a componer como lo hacía cuando estaba triste, cuando la pena movía mi mano para garabatear unas líneas en cualquier papel, para poder transmitir todo lo que siento, como hago cada semana desde aquí. Y ya tengo mi guitarra. Me está esperando. Quieta, un poco pachucha, la guitarra que me regalaron mis padres, a los que tanto les gustaba la música, esa que escuchaba ya desde el vientre materno.

La voz de mi madre cantando me sigue acompañando como en aquellas tardes de risas y meriendas... La música, no lo olviden, es mágica, y la magia vive, vivirá siempre en mí... Cantar para que esas mascarillas que ahogan las voces y apagan las almas desaparezcan al menos los minutos que dura una canción, para que nos transporte allá donde necesitemos, para olvidar por un instante... No dejen de cantar.

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