El curso escolar 2020-2021 se abrió con una nota de la Fiscalía General del Estado advirtiendo de que perseguirá a los padres que no lleven a sus hijos al colegio. Se justificaba apelando a la repercusión que en el desarrollo de los niños y en la sociedad tiene la no asistencia a las clases.

La salud no es incompatible con la escolarización, es cierto, pero en la posición de la Fiscalía hay falta de tacto, sobre todo en unos momentos muy complicados para los padres y el profesorado. Unos, por ser objeto de la amenaza; los otros, por verse en la responsabilidad de tener que señalar a las familias que han decidido no llevar a sus hijos a las aulas.

El absentismo escolar está tipificado en nuestro Código Penal como desatención de los deberes de asistencia inherentes a la patria potestad. Pero antes de la llegada de la covid-19, el fenómeno estaba vinculado, en gran medida, a la pobreza, la marginalidad y a familias en situaciones de exclusión o con relaciones paternofiliales conflictivas. Podría ocurrir, sin embargo, que muchas de las nuevas ausencias no tengan que ver realmente con el absentismo tal como lo hemos conocido, sino con el miedo, legítimo, a caer en la enfermedad. Ahora un padre o una madre deben decidir si llevan a los niños a un centro escolar cuando tienen indicios de que al hacerlo puede haber una amenaza para la salud de sus hijos y, por tanto, para el núcleo familiar.

Pocos padres conocen los protocolos de los centros, de la realidad de los recreos, de los comedores, de las entradas y salidas. Tener la seguridad de que un niño o un joven de 14 o 15 años va evitar el contacto con sus compañeros es un acto de fe. Lo mismo que presumir que todos van a fumar de su propio tabaco, que van a beber de su propio refresco o que van a mantener las necesarias distancias de seguridad. Y en nuestra memoria aflora de inmediato el miedo de saber, por experiencia, que cuando un niño va a clase constipado buena parte del aula acabará contagiada.

Ya no hablamos, por tanto, de ese tercio de menores que en edad escolar obligatoria se ausenta sin causa justificada, dato que duplica al de nuestros socios europeos. Seguro que entre todos se encuentran alternativas como la educación a distancia o semipresencial. Pero cuando el virus haya pasado, el absentismo volverá a estigmatizar, lamentablemente, a los mismos de siempre.