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Alfons Garcia

Episodios inolvidables

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Sostiene el móvil en la mano dilatando los minutos. Ha sonado el mensaje del laboratorio. Resultado de la PCR. No es tan importante, se encuentra bien, pero aún así siente una punzada de temor y vacío. Y si es positivo y ha ido contagiando por ahí. ¿Debería haber actuado de otra manera? Busca respuestas antes de tiempo. La pantalla del ordenador se ilumina.

¿Va todo bien? «Como siempre. En esta ciudad nada cambia». Ha entrado en la relojería como el perro en territorio marcado. Ha entrado sin hacer sonar el timbre y se ha ido directo al mostrador. En el ayuntamiento le esperan, aunque él sabe hacer esperar. Es el hombre que todo lo puede, dicen de él. El que controla los resortes de cada área, el que puede conseguir que la alcaldesa mire bien o mal un proyecto. Lleva bien el papel secundario, aunque quién no querría el principal. Pero sabe que nunca se lo darán. Demasiado viejo. Demasiado resabiado. Demasiado esquivo. Saber no basta. «¿El modelo del que hablamos?» Ha llegado de Suiza. No es fácil de encontrar. Y caro. Mucho. Mete la mano en el maletín. «Te dejo este. Ya sabes de qué va». Deja al lado un sobre con un fajo considerable. Ahí está todo. «Ya sé de qué va».

«Tienes que acompañarme a la comisaría». Mira al tipo con sorpresa. Lleva poco de jefe de seguridad, pero ha entrado con todos lo galones por la puerta. ¿Pasa algo? ¿Será para mucho? «Depende. Si colaboras, poco. Si no, puedes pasarte la noche en el calabozo». ¿Por qué? «Ya lo sabes, amigo». Piensa en avisar al vicepresidente. ¿Sabrá algo de esto? Es jefe de comunicación de la vicepresidencia, un cargo de confianza y con cierto poder. Se supone. Algún funcionario incluso le habla de usted. Duda. Al poli lo ha traído la sombra de quien más manda en el Palau de la Generalitat. Piensa en decir que no, pero no quiere parecer que esconde algo. Ya le habían llegado rumores de que sospechan de él. Le cuelgan la mierda que está saliendo sobre la presidencia. Las facturas de los hoteles compartidos, el coach que le han puesto al president para que dé la talla, las comidas pedidas en el Palau… Se le pasa por la cabeza meter la grabadora en el bolsillo. Es 2014, la mafia pasó; la dictadura, también. 

Lleva más de una hora entre cuatro paredes que huelen a viejo. No mira el reloj, pero hace mucho que le gustaría no estar allí. Demasiado calor en julio en este despacho. El tipo no cede. Va y vuelve con sus palabras hacia el mismo sitio. «Todos los indicios apuntan a ti. Tú tienes que ser el topo». No. Intenta contestar breve, evitar resquicios que puedan alargar esto. «También Bárcenas decía que era inocente». La frase le extirpa una media sonrisa. No creo que sea el mejor apellido para citar en estos momentos. Se traga las palabras. «Está claro que es alguien de prensa». «Con una sola llamada puedo hacer que te quedes sin trabajo». «Si no eres tú, ayúdame, porque es alguien de los tuyos. Puedo limpiar tu nombre. Si no, ya veremos».

El sol cae como una piedra al salir. Le gustaría correr hasta caer de cansancio. Es 2014. Esto no debería estar pasando. Sabe que no olvidará.

No son muchos, pero más de los que esperaba. Las cosas están cambiando. No le gusta el tipo cojo que parece mandar. Da miedo aunque intente no darlo. «Moriréis como Guillem». El grito hacia de los enfrente pasa a su lado. El autor se ríe después. Ha oído esa historia en redes, con los del grupo. Hablan de un tal Pedro, «el que se cargó al antifa y catalanufo». Sabe datos sueltos. Montanejos. Una puñalada. Hace mucho. Pero sigue ahí. Algunos dicen que han visto en alguna ocasión al tal Pedro. A saber. Hace mucho. «Sacad la bandera de la gallina de una puta vez». Delante son muchos. Son más. Es su primera vez frente a los rojos. Un huevo de cámaras alrededor. Hay que pararles los pies ya. Se nos han subido a las barbas. Es el día de España y se tiene que notar. Fue lo último que escribió antes de anunciar en el grupo que allí estaría. Y él no falla. «Muerte a Guillem», vuelve a escuchar. Hace mucho de eso. Pero sigue ahí.

En la tele pasan la bronca en el Congreso. «Dictador», dicen al presidente, que parece crecido entre el barro. Continúa con el móvil en la mano. Si lo mueve aparece el mensaje que le recuerda que los resultados del test continúan ahí. Tiempo extraño en un lugar que ha vivido experiencias que parecían inolvidables pero que se olvidan rápido. Por eso empezó a tomar notas. Pasará lo mismo con esto.

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