Hace unos pocos meses, después de la publicación tras el gran confinamiento de nuestro último artículo de opinión ‘La arqueología entra en coma’ (Levante-EMV, 22-05-2020), una línea de tipografía azul eléctrico subrayaba en la bandeja de entrada del ordenador la nueva misiva de un entrañable amigo de los asamblearios años setenta universitarios que nos tocó en suerte compartir, en cuyo contenido epistolar venía en el fondo a espolearnos sobre el asunto sustancial de no cejar de terciar en los debates históricos de la ciudad de València.

En este sentido, más allá de la descabellada invención arqueológica de la conducción hidráulica romana más larga de Hispania, de la que se hicieron eco algunos periódicos del país (13-02-2020), de casi 100 kilómetros entre el pétreo acueducto de Peña Cortada y la notísima urbe Valentia, pasando eso sí por los pintorescos ‘arquets medievales de la acequia de Quart en Manises o la impostada construcción en el siglo VI de nuestra era de una ciudad hispano-bizantina (sic) amurallada con torres cuadradas, que posteriormente sería conquistada por el rey godo Leovigildo, cual si se tratara de un episodio más de ‘Juego de tronos’, llamada para más inri por un doctor de la Politécnica «Valencia la Vella» (Riba-roja de Túria).

Sin olvidar el reciente caso palmario de pseudohistoria titulado ‘A los cristianos les costó más de un siglo conquistar la Valencia musulmana’ (Levante-EMV, 4-10-2020), perpetrado por el histórico secesionista lingüístico Baltasar Bueno.

Lo cierto y verdaderamente trascendente en nuestra opinión ahora, es que desde el punto de vista del patrimonio cultural valenciano, tras el ‘crash’ inmobiliario de 2008 y la actual pandemia de la covid-19 del 2020, junto con la desidia administrativa antológica que supone 32 años después, la aún pendiente designación de los ocho vocales de la Junta de Valoración de Bienes (Ley 4/1998. Artículo 8) o en esa misma línea crepuscular de eclipse de la política patrimonial, la falta también de nombramiento de los miembros del inédito, desde hace tres años, Consejo Asesor de Arqueología (Decreto 107/2017. Título III. Artículos 54-58), cuya ausencia como órganos custodios del legado histórico del pueblo valenciano ha constituido una auténtica invitación al expolio y dispersión de decenas de obras de arte, en manos de coleccionistas y propietarios privados, pertenecientes al mismo, fuera de las fronteras del territorio autónomo valenciano, con destino a las casas de subastas de Madrid y Barcelona, ante las acuciantes necesidades provocadas por la crisis económica, dejando vía libre a su salida más o menos opaca de la Comunitat Valenciana. En una siniestra reedición del clásico ensayo del académico Francisco Almela y Vives ‘Destrucción y dispersión del tesoro artístico valenciano” (1958).

Así a modo de ejemplo merecen recordarse el intento en 2018 de venta en Subastas Segre por 100.000 euros de la magnífica ‘Virgen de la Esperanza’ de Joan de Joanes, pintor renacentista valenciano del que en efecto se puso en almoneda una tabla del retablo de San Eloy (Levante-EMV, 12-06-2019), la subasta pública en Maastricht (Holanda) en 2017 de un magistral caballero de la orden de Montesa, obra señera de Jerónimo Jacinto de Espinosa, la licitación el pasado julio por 5.000 euros en Abalarte del folclórico cuadro anónimo ‘Corregudes de Joies en Mont Olivet’ de 1864, la reciente salida al mercado en Setdart de un retablo del maestro de Perea por 250.000 euros (Levante-EMV, 10-10-2020) o la actual vuelta a los portales todocoleccionistas de internet de nuevas ofertas de compraventa de azulejos góticos de Manises con águilas enmarcadas por cuadrantes de círculo, heráldica de los Aguilar, como los procedentes del Castell d’Alaquàs, a pesar de los beneméritos esfuerzos del Grupo de Patrimonio Histórico de la Policía de la Generalitat, que dos años atrás ya incautó 28 losetas expoliadas de este mismo monumento (Levante-EMV, 20-05-2018).

Por todo ello, y a modo de coda final, toda vez explicitada la casuística de este triste éxodo en curso de bienes integrantes del Patrimonio Cultural Valenciano, no obstante que la Ley 7/2004, artículo 1.2 ya determinaba la voluntad de la Generalitat de promover el retorno a la Comunidad Valenciana de los bienes de valor histórico que hallándose fuera de la misma sean especialmente representativos de la cultura valenciana, poco más que una de las muchas buenas voluntades con las que es bien sabido está empedrado el camino al infierno, nuestras administraciones públicas harían bien, ante los hechos consumados de esta silente diáspora fiscal de obras culturales de todas las valencianas y valencianos, en implementar una reacción alícuota a escala del fenómeno relatado, dotando de operatividad a sus organismos consultores citados más arriba, así como de autoridad suficiente a los escasos inspectores en activo, tras la merecida jubilación del amigo Ximo Espi, responsables últimos del control y tutela de nuestra común herencia cultural.