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Juan José Millás.

A mi manera

Hay personas que provocan desasosiego como los altos hornos producen acero. Quien dice desasosiego dice ansiedad, zozobra, desazón. El desasosiego consiste en un sinvivir pese a estar vivo. «Vivo sin vivir en mí y tal alta vida espero que muero porque no muero», decía santa Teresa, a quien estos días releo para calmar los nervios. El desasosiego puede venir de dentro o de fuera. El primero es más productivo, intelectualmente hablando, que el segundo. El de dentro viene de la filosofía y el de fuera del telediario o de los boletines informativos de la radio. Ayer mismo cogí un taxi cuyo conductor iba escuchando música clásica. Le pregunté de qué emisora se trataba y no lo sabía porque se la había encontrado huyendo de todas las demás.

-¿De aquellas en las que hablan? -insistí.

-Exacto -dijo-. En esta no pronuncian una sola palabra. Solo sonidos que no entiendo porque no soy melómano.

Mal asunto cuando las palabras comienzan a incordiar. En mi casa, a la hora de comer, estaba prohibida la conversación porque siempre acabábamos discutiendo. Un día llegó mi padre y dijo:

-Hasta aquí hemos llegado.

Nos convertimos en una familia silenciosa como tantas familias del franquismo. Quizá aquella represión verbal me hizo escritor, no sé, pero cuando en una familia o en un país la conversación deviene guerra civil, algo está a punto de romperse. De hecho, yo me fui de casa al poco de que se impusiera el silencio. Hay gente que se exilia por eso, por no poder expresarse. Las dictaduras son aficionadas a la quema de libros porque los mayores enemigos de los tiranos son la morfología y la sintaxis. El hecho de que la gente prefiera la radio musical a la hablada debería hacernos reflexionar acerca de lo que nos ocurre con la lengua. Lo cierto es que los discursos políticos, ahora mismo, producen un desasosiego que, unidos al paro, al virus y a la ausencia de horizonte, resultan difíciles de manejar, o de gestionar, que diría un director de personal.

No hay ansiolíticos para cubrir tanta demanda, de ahí que cada uno, en esta suerte de sálvese quien pueda, busque la salvación a su manera. La música clásica sirve. ¡Viva Mozart! 

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