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Mercè Marrero

Buitres a la vista

Los carroñeros comparecen cuando hay miedo. Y ahora lo hay. Miedo al futuro, al presente, al entorno. Todos tenemos una cuota de corresponsabilidad a la hora de filtrar los mensajes apocalípticos

En mi mundo hay varios tipos de buitres. Los de las películas de vaqueros, que en cuanto aparecen ya sabes que alguien está a punto de irse al otro barrio. Los de El libro de la selva, que ponen de buen humor. Los que mis amigas guapas se quitaban de encima las noches de marcha, que poco se acercaban a mí, y los que te llaman constantemente para vender productos. Matizo: ciertos productos. Los otros son, simplemente, pesados.

Me llama una entidad bancaria. Al otro lado, un chico joven. Lo noto porque titubea y todavía no se sabe el guion. Me llama María Mercedes y me pongo en guardia. Es el efecto que me produce que alguien me llame por mi nombre del siglo pasado. Mi banco, al que he sido fiel durante los últimos veintisiete años, ha decidido premiarme y, acto seguido, me anuncia que la conversación está siendo grabada. Ahora sí estoy a la defensiva y revisando todos mis flancos de vulnerabilidad. Mientras me pregunto cómo es posible que yo le haya sido fiel a algo durante casi treinta años, el chico me ofrece un préstamo fácil y rápido de 40.000 euros. Basta con decir «sí» y voilà. Rauda y veloz digo un «no» alto y claro y me imagino siendo un personaje de spaghetti western, yaciendo en el desierto, mientras un buitre se acerca dispuesto a sacarme los ojos. ¿Qué habría pasado si se lo hubieran propuesto a una persona mayor, o a alguien que comienza a tener sus capacidades mermadas, o a quien es fácilmente manipulable? El chico se despide y me pide que valore su atención. Como todo está siendo grabado, debo ponerle nota directamente. Le doy un diez e insisto en que no quiero ningún préstamo. En época de crisis, algunos sacan tajada utilizando medidas cuestionables a nivel ético y, por el camino, ridiculizan a sus trabajadores. Mal.

Salgo a caminar y mi vecino me intercepta a medio camino para contarme que va a poner una alarma. Le han informado de robos, proliferación de okupas, agresiones y violencia. Me cuenta que este invierno va a ser muy duro, que todos vamos a estar desesperados, que habrá saqueos e intimidación. Se me han quitado las ganas de caminar y lo único que deseo es meterme en cama con un cuchillo bajo la almohada. Mientras noto cómo se me escapa la energía y el terror hace acto de presencia, le pregunto de dónde ha sacado esa información detallada. Parece que el señor que le ha vendido la alarma por teléfono hace pocas horas, y que ya ha enviado a un técnico para instalársela esa misma mañana, ha sido el encargado de transmitirle que el fin del mundo se acerca. Hay malestar, tensión e incertidumbre, pero es ruin apelar al miedo para vender más. Estar atemorizados abre unas fisuras golosas para quienes desean hincar el diente. Fatal.

Pese a estar viviendo en Gotham, voy a caminar y pienso en la cuota de corresponsabilidad que todos tenemos y en la obligación de no añadir más angustia, miedo o miseria y de contribuir con algo de luz. Y recuerdo a mis amigos de la bodega 4 Kilos que, en plena crisis, me enviaron un vinazo con una palabra maravillosa: Ànim, Mercè. Algo de eso es lo que todos necesitamos.

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