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Pilar Garces

Los muertos por delante de los vivos

El ayuntamiento de mi ciudad ha organizado un complicadísimo dispositivo para que los ciudadanos que lo deseen puedan visitar el cementerio por Todos los Santos. No sé cuánto nos va a costar, y no quiero saberlo. Es tan duro el presente con los depauperados presupuestos domésticos al borde del precipicio y tantas familias en la ruina de las colas en comedores sociales, que la energía gastada en enfurecerse por las prioridades de nuestras autoridades es energía desperdiciada. El camposanto dividido en tres sectores, un sistema de cita previa, gente vigilando que quienes acudan al lugar no se estén más tiempo del debido ni rebasen los límites de su salvoconducto, váteres portátiles. Han organizado el desembarco de Normandía en tres días consecutivos, para que 12.053 personas por turno de mañana y tarde puedan cumplir con la tradición de honrar a sus seres queridos finados. Visto desde otro punto de vista bastante en boga, el sanitario, la empresa funeraria organiza un hacinamiento, y quién sabe cuántos se contagiarán de coronavirus bajo sus auspicios. Ojalá que no sea ninguno. Ojalá.

Se ha tomado muchas molestias el consistorio para que se materialice un mogollón al que el propio alcalde aconseja renunciar voluntariamente, como si tuviera la vara de mando para hacer nordic walking. Lo más valiente y responsable hubiera sido suprimir la tradicional cita y cerrar los cementerios, pero actúa «en atención a las numerosas personas que han manifestado su voluntad de visitar a sus difuntos». Esperemos que en atención a las numerosas personas que han manifestado su voluntad de bailar hasta el amanecer se reabran las discotecas y en atención a las numerosas personas que han manifestado su intención de beber para olvidar se permitan celebrar fiestas de Halloween. No ocurrirá. Se cerraron las playas por Sant Joan con un nivel de contagios muy inferior al que hoy sufrimos, precisamente porque muchos ciudadanos habían manifestado su interés por hacer picnics junto al mar.

Un ayuntamiento incapaz de dar una licencia de obras en menos de un año, y eso significa empresas y trabajadores a la espera, ha mostrado una diligencia pasmosa para el tema de los muertos. Ya podríamos los vivos tener tanta suerte. Cabe imaginar un operativo similar para la gestión de los parques infantiles, que fueron los últimos servicios en reabrirse después del confinamiento y siguen cerrados a cal y canto desde el minuto uno de la segunda ola. Un teléfono de cita previa para que los padres reserven hora en los columpios y toboganes, con su protocolo de limpieza, su vigilancia impecable y sus corredores sanitarios. Los niños, que están vivos y precisan espacios para desarrollar su motricidad, socializar y hacer salud, no están en la agenda del consistorio, ni tampoco en la del gobierno autonómico. El mismo concejal que ha desplegado su talento de estratega para conseguir unas necrópolis muy concurridas es el responsable de organizar la cabalgata de Reyes para los pequeños. Ánimas benditas. Me apuesto algo a que esa feliz aglomeración sí se cancelará este año fatídico.

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