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Pilar Galán

Ronda de gel

Ligar en los tiempos del coronavirus debe de ser como escalar el Everest sin oxígeno, aunque hay quien no deja de verle ventajas. Eso lo aprendo ya no por experiencia, sino por la calle, donde tengo la costumbre de dejarme seducir por todas las conversaciones que me llegan, en la cola del banco, en Hacienda, en todos esos sitios en los que las personas hablan entre ellas o por el móvil, como si no hubiera nadie más, como si nadie pudiera escuchar las confesiones, terribles a veces, que dejan caer en todos los oídos.

Una mujer en ese eufemismo de la mediana edad, le dice a otra que ligó ayer, que el chico le echó veinte años, y que ya no se quitó la mascarilla en toda la noche. Como para quitártela, dice la otra entre risas. O el diálogo lleno de humor entre dos chicas que agradecen a la mascarilla no tener que maquillarse ni conjuntar el color de los labios. O las quejas de unos chicos que tienen que hablar a voces con las chicas que les gustan porque con la protección delante de los labios, no se les entiende nada. O que no pueden tirar besos ni poner morritos en las fotos. Ligar debe de ser difícil, sí, y es casi un alivio sentirse ajena. También es difícil la amistad sin besos, sin abrazos, sin compartir plato ni cerveza. Menos mal que nos queda el gel. A falta de otra cosa, se imponen las rondas de soluciones hidroalcohólicas. Hay quien confiesa que cada vez que escucha el número de contagiados tiene que echar mano del botecito y lavarse las manos, como un tic.

Otro defiende las ventajas del suyo, en espray, y va echando en todas las manos, como una ofrenda, y otro más muestra uno con aloe vera, y así, van probando, entre risas, con la cara tapada, guardando la distancia y hablando a voces, porque los sonidos llegan amortiguados por la tela, y qué más da que alguien escuche. Y alguna saca un muestrario de mascarillas caseras, de todos los colores, la de las pijas de Sevilla, dice, la de números para profesores de matemáticas… y recuerdan los tiempos en que decían que no eran necesarias, quizá porque no se encontraban en ningún sitio. Flota por un momento, entre las risas, una apariencia de normalidad que se diluye enseguida. Ligar no debe de ser fácil, ver a las amigas, tampoco, pero estos retazos de conversación no son solo material narrativo, sino muestra de que seguiremos adelante, a pesar de todo, si somos capaces de reírnos, de hacer rondas de gel o de sentirnos los reyes de la noche si alguien que solo puede vernos los ojos es capaz de leer en ellos que no hace falta tener veinte años para que la vida se convierta en un regalo envuelto en papel brillante. 

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